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Las
muchas y profundas incoherencias que impiden dar crédito a los relatos
neotestamentarios acerca de la resurrección de Jesús y de sus apariciones
posteriores
(Fuente: © Rodríguez,
P. (1997). Mentiras
fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: ©
Ediciones B., capítulo 5, pp. 185-205)
Cuando
un profano en misterios teológicos se pone a leer los pasajes neotestamentarios
que relatan la resurrección de Jesús -que
es el episodio fundamental en el que se basa el cristianismo para
demostrar la divinidad
de Jesús-,
espera encontrar una serie de relatos pormenorizados, sólidos, documentados
y, sobre todo, coincidentes unos con otros. Pero los textos de los
cuatro evangelistas nos dan justamente la impresión contraria. A
tal punto son contradictorios los relatos de Mateo,
Marcos, Lucas y Juan que, si sus
declaraciones fuesen presentadas ante cualquier tribunal de justicia,
ningún juez podría aceptar sus testimonios como base probatoria
exclusiva para emitir una sentencia. Basta con comparar los relatos
de todos ellos para darse cuenta de la fragilidad de su estructura
interna y, por tanto, de su escasa credibilidad.
Después de que Jesús expirase
en la cruz, según refiere Mateo,
«llegada la tarde[i], vino un hombre rico de Arimatea,
de nombre José, discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió
el cuerpo de Jesús. Pilato entonces ordenó que le fuese entregado
[puesto que estaba en poder del juez][ii].
El, tomando el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó
en su propio sepulcro, del todo nuevo, que había sido excavado en
la peña, y corriendo una piedra grande a la puerta del sepulcro,
se fue. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente
al sepulcro» (Mt 27,57-61).
En la versión
de Marcos, José de Arimatea
es ahora un «ilustre consejero (del Sanedrín), el cual también esperaba
el reino de Dios» (Mc
15,43) y Pilato no reclama el cuerpo de Jesús al juez sino al centurión
que controló la ejecución: «Informado del centurión, dio el cadáver
a José, el cual compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana
y lo depositó en un monumento que estaba cavado en la peña, y volvió
la piedra sobre la entrada del monumento. María Magdalena y María
la de José miraban dónde se le ponía» (Mc 15,45-47).
El relato
que proporciona Lucas,
en Lc 23,50-56, es substancialmente coincidente con éste de Marcos,
pero en Juan la historia ocurre en un contexto llamativamente diferente: «Después
de esto rogó a Pilato José de Arimatea, que era discípulo de Jesús,
aunque en secreto por temor de los judíos, que le permitiese tomar
el cuerpo de Jesús, y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y tomó
su cuerpo. Llegó Nicodemo, el mismo que había venido a El de noche
al principio, y trajo una mezcla de mirra y áloe, como unas cien
libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo fajaron con bandas
y aromas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Había cerca
del sitio donde fue crucificado un huerto, y en el huerto un sepulcro
nuevo, en el cual nadie aún había sido depositado. Allí, a causa
de la Parasceve[iii]
de los judíos, por estar cerca el monumento, pusieron a Jesús» (Jn
19,38-42).
Ahora José
de Arimatea es «discípulo de Jesús» y no parece ser miembro del
Sanedrín judío; esa víspera del sábado surge de la nada Nicodemo,
que le ayuda a transportar el cadáver de Jesús y lo amortajan (en
los otros Evangelios,
como veremos enseguida, eran varias mujeres las que iban a amortajarle
y eso sucedía en la madrugada del domingo); y se le entierra en
un sepulcro que ya no es señalado como propiedad de José de Arimatea
y al que se recurre «por estar cerca».
Retomando
el texto de Mateo seguimos
leyendo: «Al otro día, que era el siguiente a la Parasceve, reunidos
los príncipes de los sacerdotes y los fariseos ante Pilato, le dijeron:
Señor, recordamos que ese impostor, vivo aún, dijo: Después de tres
días resucitaré. Manda, pues, guardar el sepulcro hasta el día tercero,
no sea que vengan sus discípulos, le roben y digan al pueblo: Ha
resucitado de entre los muertos[iv]
(...) Ellos fueron y pusieron guardia al sepulcro después de haber
sellado la piedra» (Mt
27,62-66). Estos versículos afirman al menos dos cosas: que era
conocida por todos la advertencia de Jesús acerca de su resurrección
al tercer día y que el sepulcro estaba guardado por soldados romanos.
El relato de Mateo
prosigue: «Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de
la semana, vino María Magdalena con la otra María [María de Betania]
a ver el sepulcro. Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel
del Señor bajó del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro
y se sentó sobre ella. Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura
blanca como la nieve. De miedo de él temblaron los guardias y se
quedaron como muertos. El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo:
No temáis vosotras, pues sé que buscáis a Jesús el crucificado.
No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho...» (Mt
28,1-6).
La versión de Marcos
difiere substancialmente de esta de Mateo
ya que relata el suceso de esta otra forma: «Pasado el sábado, María
Magdalena, y María la de Santiago [María de Betania],
y Salomé compraron aromas para ir a ungirle. Muy de madrugada, el
primer día después del sábado, en cuanto salió el sol, vinieron
al monumento. Se decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra
de la entrada del monumento? Y mirando, vieron que la piedra estaba
removida; era muy grande. Entrando en el monumento, vieron a un
joven sentado a la derecha, vestido de una túnica blanca, y quedaron
sobrecogidas de espanto...» (Mc
16,1-5) y, como en Mateo,
el antes ángel ahora joven ordenó a las mujeres que dijeran a los
discípulos que debían encaminarse hacia Galilea para poder ver allí
a Jesús.
En Lucas se dice: «y encontraron removida del monumento la piedra, y
entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. Estando ellas perplejas
sobre esto, se les presentaron dos hombres vestidos de vestiduras
deslumbrantes. Mientras ellas se quedaron aterrorizadas y bajaron
la cabeza hacia el suelo, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los
muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado (...) y volviendo
del monumento, comunicaron todo esto a los once y a todos los demás.
Eran María la Magdalena, Juana y María de Santiago y las demás que
estaban con ellas. Dijeron esto a los apóstoles pero a ellos les
parecieron desatinos tales relatos y no los creyeron. Pero Pedro
se levantó y corrió al monumento, e inclinándose vio sólo los lienzos,
y se volvió a casa admirado de lo ocurrido»(Lc
24,1-12).
Nótese que el antes ángel
y después joven es ahora «dos hombres» -y que ya no mandan ir hacia Galilea dado que, según
se dice algo más abajo, en Lc
24,13-15, Jesús resucitado acudió al encuentro de los discípulos
en Emaús-;
las tres mujeres se han convertido en una pequeña multitud; y Pedro
visita el sepulcro personalmente.
Según Juan,
«El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada,
cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del
monumento. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien
Jesús amaba, y les dijo: Han tomado al Señor del monumento y no
sabemos donde le han puesto. Salió, pues, Pedro y el otro discípulo
y fueron al monumento. Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió
más aprisa que Pedro y llegó primero al monumento, e inclinándose,
vio las bandas; pero no entró. Llegó Simón Pedro después de él,
y entró en el monumento y vio las fajas allí colocadas, y el sudario
(...) Entonces entró también el otro discípulo que vino primero
al monumento, y vio y creyó; porque aún no se habían dado cuenta
de la Escritura, según la cual era preciso que El resucitase de
entre los muertos. Los discípulos se fueron de nuevo a casa. María
se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras lloraba se
inclinó hacia el monumento, y vio a dos ángeles vestidos de blanco,
sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado
el cuerpo de Jesús. Le dijeron: ¿Por qué lloras, mujer? Ella les
dijo: Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.
Diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí,
pero no conoció que fuese Jesús ...» (Jn
20,1-18).
Ahora son
dos y no uno o ninguno los discípulos que acuden al sepulcro, pero
una sola la mujer (que ya no va a ungir el cuerpo de Jesús); en
su alucinante metamorfosis, el ángel/joven/dos hombres se ha convertido
en «dos ángeles» que aparecen situados en una nueva posición, que
pronuncian palabras diferentes a sus antecesores en el papel y que,
como en Lucas, tampoco
ordenan ir a ninguna parte dado que Jesús no espera a Galilea o
Emaús para aparecerse y lo hace allí mismo, junto a su propia tumba.
Si resumimos
la escena tal como la atestiguan
los cuatro evangelistas inspirados
por el Espíritu Santo obtendremos el siguiente cuadro: en Mateo las mujeres van a ver el sepulcro; se produce un terremoto;
baja un ángel del cielo; remueve la piedra de la entrada de la tumba
y se sienta en ella; y deja a los guardias «como muertos».
En Marcos las mujeres (que ya no son sólo las dos Marías, puesto que
se suma Salomé) van a ungir el cuerpo de Jesús; no hay terremoto;
la piedra de la entrada ya está quitada; un joven está dentro del
monumento sentado a la derecha; y los guardias se han esfumado.
En Lucas, las mujeres, que siguen llevando ungüentos, son las dos Marías,
Juana, que sustituye a Salomé, y «las demás que estaban con ellas»;
tampoco hay terremoto ni guardias; se les presentan dos hombres,
aparentemente procedentes del exterior del sepulcro; se les anuncia
que Jesús se les aparecerá en Emaús y no en Galilea, tal como se
dice en los dos textos anteriores; y Pedro da fe del hecho prodigioso.
En Juan sólo hay una mujer, María Magdalena, que no va a ungir el cadáver;
no ve a nadie en el sepulcro y corre a avisar no a uno sino a dos
apóstoles, que certifican el suceso; después de esto, mientras María
llora fuera del sepulcro, se aparecen dos ángeles, sentados en la
cabecera y los pies de dónde estuvo el cuerpo del crucificado; y
Jesús se le aparece a la mujer en ese mismo momento. En lo único
en que coinciden todos es en la desaparición del cuerpo de Jesús
y en la vestimenta blanco/luminosa que llevaba el transformista
ángel/joven/dos hombres/dos ángeles.
No
hace falta ser ateo o malicioso para llegar a la evidente conclusión
de que estos pasajes no pueden tener la más mínima credibilidad.
No hay explicación alguna para la existencia de tantas y tan graves
contradicciones en textos supuestamente escritos por testigos directos
-y
redactados dentro de un periodo de tiempo de unos treinta a cuarenta
años entre el primero (Marcos)
y el último (Juan)- e inspirados
por Dios... salvo que la historia sea una pura elaboración mítica,
tal como ya señalamos, para completar el diseño de la personalidad
divina de Jesús asimilándola a las hazañas legendarias de los dioses
solares jóvenes y expiatorios que le habían precedido, entre los
que estaba Mitra, su competidor directo en esos días, que no sólo
había tenido una natividad igual a la que se adjudicará a Jesús
sino que también había resucitado al tercer día.
Si leemos entre líneas los
versículos citados, podremos darnos cuenta de algunas pistas interesantes
para comprender mejor el ánimo de sus redactores. Marcos, el primer texto evangélico escrito, obra del traductor del
apóstol Pedro, esbozó el relato mítico con prudencia y evitó las
alharacas sobrenaturales innecesarias. Mateo,
por el contrario, a pesar de que se inspiró en Marcos para escribir su obra, siguió siendo fiel a su estilo y se
regocijó en adaptar leyendas paganas orientales al mito de Jesús,
por eso -ya
fuese por obra del verdadero Mateo o del redactor que puso a punto
la versión actual de su Evangelio
en Egipto-
en su texto aparecen -pero
no en los demás-
los típicos terremotos y seres celestiales bajados del cielo propios
de las leyendas paganas que vimos en apartados anteriores.
El médico
Lucas, ayudante de Pablo, que se inspiró en Marcos
y Mateo puesto que jamás
trató con nadie relacionado con Jesús, adoptó la misma mesura que
Marcos y, dado que escribió en Roma, eliminó del relato las referencias
celestiales exóticas y aquellas que pudiesen herir susceptibilidades
entre los romanos. Como su objetivo fue demostrar la veracidad del
cristianismo (y también de este hecho, claro está) recurrió a sus
típicas exageraciones y manipulaciones en pos de asegurarse la credibilidad.
Por eso convirtió en hombre maduro a quien había sido un joven o
un ángel y dobló su presencia para mejor testimonio.
Otro tanto sucedió con las
mujeres -a
las que ni él ni Pablo concedían demasiada credibilidad-,
que presentó como a un grupo numeroso para así poder compensar en
alguna medida su credulidad genética
gracias a la cantidad de testimonios coincidentes; pero, aún así,
Lucas creyó necesario incluir el testimonio de un varón para que el
relato pareciese razonable y ahí hizo su aparición Pedro[v].
El apóstol Pedro no sólo gozaba de credibilidad entre la comunidad
judeocristiana sino que era el oponente más duro de Pablo, así que
al incluirlo en el relato se lograban dos cosas a la vez: dar veracidad
al hecho por su testimonio de varón y materializar una sutil venganza
en su contra mermándole su masculinidad
y prestigio al presentarlo solo en medio de un grupo de mujeres.
En Juan, el más místico de los cuatro, los hombres volvieron a ser transformados
en ángeles (dos, por supuesto), la mujer fue una sola y con un papel
totalmente pasivo y, en sintonía con la conocida pasión que evidencia
el redactor de este Evangelio
por el Jesús divino, no pudo aguardar para hacerle aparecer en Galilea
y le hizo materializarse en su propia sepultura para mayor gloria.
Pero vemos también que en este relato aparecen dos discípulos, Pedro
y «el otro discípulo a quien Jesús amaba»; al margen de comprobar
otra vez como a cada nuevo evangelio se va doblando la cantidad
de testigos, la elección de estos dos hombres no es casual. Pedro
debía aparecer puesto que antes lo había situado Lucas
en la escena, pero el otro tenía que figurar también dado que se
trataba de la fuente de quien supuestamente partía ese relato.
Si recordamos lo ya documentado
con anterioridad, sabremos que el autor del Evangelio de Juan no fue el apóstol Juan, sino el griego Juan “el
Anciano” -que
se basó en las memorias del judío Juan el Sacerdote, el “discípulo
querido”-.
En los versículos de Juan
se presenta a Juan el Sacerdote corriendo hacia el sepulcro junto
a Pedro, pero ganándole la carrera, que por algo éste es su texto
particular, con lo que quedaba sutilmente valorado por encima de
Pedro. Juan fue el primero en ver la tela del sudario pero, sin
embargo, fue Pedro quien entró por delante en la sepultura; la razón
para ello es bien simple: dado su oficio sacerdotal[vi],
Juan, para no adquirir impureza, no podía penetrar en el sepulcro
hasta no saber con certeza que allí ya no había ningún cadáver;
cuando Pedro se lo confirmó, él también entró «vio y creyó». Al
igual que ocurre en toda la Biblia,
las motivaciones humanas de los escritores dichos sagrados son tan
poderosas y visibles que oscurecen cuantos rincones se pretenden
llenos de luz divina.
Repasando lo que se dice
en el Nuevo Testamento
acerca de la actitud de los discípulos frente a la resurrección
de Jesús volvemos quedar sorprendidos ante la incredulidad que demuestran
éstos al recibir la noticia. En Mt
27,63-64, tal como ya pudimos leer, se dice que era tan notorio
y conocido por todos que Jesús había prometido resucitar al tercer
día que el Sanedrín forzó a Pilato a poner guardias ante el sepulcro
y a sellar su entrada. Y en Lucas se refresca la memoria de las mujeres desconsoladas ante la
sepultura vacía diciéndoles: «Acordaos cómo os habló [Jesús]
estando aún en Galilea, diciendo que el Hijo del hombre había de
ser entregado en poder de pecadores, y ser crucificado, y resucitar
al tercer día» (Lc 24,7).
Todos estaban, pues, advertidos,
pero a los apóstoles, según sigue diciendo Lc 24,11, «les parecieron desatinos tales relatos [el sepulcro vacío
que habían encontrado las mujeres] y no los creyeron». Las mujeres de Mc
16,8 «a nadie dijeron nada» aunque a renglón seguido María Magdalena
se lo contó a los apóstoles que «oyendo que vivía y que había sido
visto por ella, no lo creyeron»[vii]
y, a más abundamiento «Después de esto se mostró en otra forma a
dos de ellos [apóstoles]
que iban de camino y se dirigían al campo. Estos, vueltos, dieron
la noticia a los demás; ni aun a éstos creyeron» (Mc
16,12-13). En Juan, Pedro
y Juan el Sacerdote «aún no se habían dado cuenta de la Escritura,
según la cual era preciso que El resucitase de entre los muertos»
(Jn 20,9).
A Pedro, en especial, se
le presenta en los Evangelios
rechazando con vehemencia la posibilidad de la pasión y recibiendo
por ello un durísimo reproche de parte de Jesús[viii],
pero ¿cómo podía seguir mostrándose incrédulo ante la noticia de
la resurrección de su maestro alguien que había visto fielmente
cumplidos los vaticinios de Jesús acerca de su detención y muerte
así como el que advertía que él mismo le negaría tres veces? Resulta
ilógico pensar que apóstoles, que habían sido testigos directos
de los milagros que se atribuyen a Jesús, entre ellos el de la resurrección
de la hija de Jairo[ix]
-jefe
de la sinagoga judía gerasena-
y la de Lázaro[x], no pudiesen creer que su
maestro fuese capaz de escapar de la muerte tal como tan repetidamente
había anunciado si hemos de creer en los versículos siguientes:
La inexplicable
incredulidad de los apóstoles ante la noticia de la resurrección
de Jesús resulta aún mucho más alarmante cuando leemos el testimonio
de Mateo acerca del suceso que siguió a la muerte del mesías judío: «Jesús,
dando de nuevo un fuerte grito, expiró. La cortina del templo se
rasgó de arriba abajo en dos partes, la tierra tembló y se hendieron
las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos
que dormían, resucitaron, y saliendo de los sepulcros, después de
la resurrección de El, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron
a muchos. El centurión y los que con él guardaban a Jesús, viendo
el terremoto y cuanto había sucedido, temieron sobremanera y se
decían: Verdaderamente, éste era el hijo de Dios...» (Mt 27,50-54).
Ante este testimonio
inspirado de Mateo
sólo caben dos conclusiones: o el relato es una absoluta mentira
-con
lo que también se convierte en una invención el resto de la historia
de la resurrección-,
o la humanidad de esa época presentaba el nivel de cretinéz más
elevado que jamás pueda concebirse. Una convulsión como la descrita
no sólo hubiese sido la “noticia del siglo” a lo largo y ancho del
Imperio romano sino que, obviamente, tendría que haber llevado a
todo el mundo, judíos y romanos incluidos, con el sumo sacerdote
y el emperador al frente, a peregrinar ante la cruz del suplicio
para aceptar al ejecutado como el único y verdadero «hijo de Dios»,
tal como supuestamente apreciaron, con buen tino, el centurión y
sus soldados; pero en lugar de eso, nadie se dio por aludido en
una sociedad hambrienta de dioses y prodigios, ni cundió el pánico
entre la población -máxime
en una época en la que buena parte de los judíos esperaban el inminente
fin de los tiempos, cosa que también había creído y predicado el
propio Jesús-,
ni tan siquiera logró que los apóstoles sospechasen que allí estaba
a punto de suceder algo maravilloso y por eso les pilló fuera de
juego la nueva de la resurrección. Es el colmo del absurdo.
Además, ¿cómo
no iban a llamar la atención y despertar la alarma los muchos santos
que, según Mateo, salieron
de sus tumbas y se pasearon por Jerusalén entre sus moradores? Unos
santos de los que, por cierto, no se dice quienes eran (ni la razón
de su santidad), ni quienes los reconocieron como tales, ni a quienes
se aparecieron y que, tal como expresa el texto, resucitaron antes
que el propio Jesús, con lo que se invalida absolutamente la doctrina
de que la resurrección de los muertos llegó sólo a consecuencia
(y después) de la protagonizada por Jesús[xv].
Los santos resucitados de Mateo
acabaron por convertirse en un buen problema para la Iglesia[xvi].
Si, hartos de tanta contradicción,
intentamos descubrir algún indicio sobre el fundamento de la resurrección,
nos meteremos de nuevo en medio de otro mar de dudas distinto y
no menos insalvable. Es creencia común entre los cristianos actuales
que Jesús posee el poder de resucitar a los muertos en el día del
Juicio Final pero, sorprendentemente, ni Mateo,
ni Marcos, ni Lucas dijeron palabra alguna a este respecto -¿no
se habían enterado de tan buena nueva?-, sólo el místico y esotérico Juan, en la primera década del siglo II d. C., vino a llenar este
incomprensible vacío con versículos como los siguientes: «Porque
ésta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree
en El tenga la vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día»
(Jn 6,40); «Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado,
no le trae, y yo le resucitaré en el último día» (Jn 6,44); o «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna
y yo le resucitaré el último día» (Jn
6,54).
Lucas, cuando
escribió los Hechos de los
Apóstoles, tampoco mostró que su jefe Pablo estuviese convencido
del papel a jugar por Jesús respecto a la resurrección final, ya
que cuando el apóstol de los gentiles se halló delante del procurador
romano le dijo: «Te confieso que sirvo al Dios de mis padres con
plena fe en todas las cosas escritas en la Ley y en los Profetas,
según el camino que ellos llaman secta, y con la esperanza en Dios
que ellos mismos tienen de la resurrección de los justos y de los
malos...» (Act 24,14-15).
Pablo, como judío, reservaba a Dios la capacidad de resurrección,
no al Jesús divinizado o a cualquier otro[xvii].
Por lo anterior, que era
creencia común del judaísmo y del cristianismo primitivo, parecería
obvio pensar que Jesús fue resucitado por obra expresa de Dios,
tal como muy bien se indica, entre otros, en los versículos de Act
2,23-24: «a éste [Jesús de Nazaret], entregado según el designio determinado y la presencia
de Dios, después de fijarlo (en la cruz) por medio de hombres sin
ley, le disteis muerte. Al cual Dios le resucitó después de soltar
las ataduras de la muerte, por cuanto no era posible que fuera dominado
por ella...»; pero otro texto, tan inspirado por Dios como éste,
parece indicar que es el propio Jesús quien tiene la potestad de
resucitarse a sí mismo: «Por eso el Padre me ama, porque yo doy
mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la
doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla.
Tal es el mandato del Padre que he recibido» (Jn 10,17-18), y poco después se añade: «Yo soy la resurrección y la
vida» (Jn 11,25). Dado
que la Iglesia manda tomar por cierta cada palabra de la Biblia,
no deberíamos encontrar contradicción alguna entre el hecho de que
Jesús fuese resucitado por Dios o por sí mismo... al fin y al cabo,
ambos acabarían pasando a formar parte de una sola y trina personalidad
divina.
Pero, por mucha fe que se
le ponga, resulta de nuevo imposible obviar las disparidades que
aparecen en el Nuevo Testamento
cuando se relata el hecho memorable -según
cabe suponer-
de la aparición de Jesús ya resucitado a los apóstoles.
En Mateo, después que las dos Marías encontraran el sepulcro vacío y
se dirigieran corriendo a comunicarlo a los discípulos, «Jesús les
salió al encuentro, diciéndoles: Salve. Ellas, acercándose, asieron
sus pies y se postraron ante El. Díjoles entonces Jesús: No temáis;
id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea y que allí me verán»
(Mt 28,9); y el relato
concluye diciendo que «Los once discípulos se fueron [desde Jerusalén]
a Galilea, al monte que Jesús les había indicado, y, viéndole, se
postraron, aunque algunos vacilaron, y acercándose Jesús, les dijo:
Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra...» (Mt
28,16-18).
En Marcos, «Resucitado Jesús la mañana del primer día de la semana, se
apareció primero a María Magdalena (...) Ella fue quien lo anunció
a los que habían vivido con El...» (Mc
16,9-10); «Después de esto se mostró en otra forma a dos de ellos
que iban de camino y se dirigían al campo» (Mc
16,12); ya en Galilea (se supone) «Al fin se manifestó a los once,
estando recostados a la mesa, y les reprendió su incredulidad...»
(Mc 16,14); y, finalmente,
«El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue levantado
a los cielos y está sentado a la diestra de Dios» (Mc
16,19).
En Lucas, «El mismo día [domingo, tras el descubrimiento de la sepultura
vacía],
dos de ellos iban a una aldea (...) llamada Emaús, y hablaban entre
sí de todos estos acontecimientos. Mientras iban hablando y razonando,
el mismo Jesús se les acercó e iba con ellos, pero sus ojos no podían
reconocerle (...) Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo,
lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y le reconocieron,
y desapareció de su presencia» (Lc
24,13-31), después de esto «En el mismo instante se levantaron,
y volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once y a sus
compañeros, que les dijeron: El Señor en verdad ha resucitado y
se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado
en el camino y cómo le reconocieron en la fracción del pan. Mientras
esto hablaban, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz
sea con vosotros (...) Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo,
comió delante de ellos» (Lc
24,33-43); finalmente, «Los llevó cerca de Betania, y levantando
sus manos, les bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos
y era llevado al cielo» (Lc 24,50-51).
En Juan, mientras María Magdalena permanecía fuera del sepulcro llorando
«se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció
que fuese Jesús (...) María Magdalena fue a anunciar a los discípulos:
“He visto al Señor” y las cosas que había dicho» (Jn 20,14-18). «La tarde del primer día de la semana, estando cerradas
las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos por temor
de los judíos, vino Jesús y, puesto en medio de ellos...» (Jn 20,19). «Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos
(...) Vino Jesús, cerradas las puertas, y, puesto en medio de ellos...»
(Jn 20,26). «Después de
esto se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades,
y se apareció así: Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo;
Natanael, el de Caná de Galilea, y los de Zebedeo, y otros dos discípulos.
Díjoles Simón Pedro: Voy a pescar (...) Salieron y entraron en la
barca, y en aquella noche no pescaron nada. Llegada la mañana, se
hallaba Jesús en la playa; pero los discípulos no se dieron cuenta
de que era Jesús (...) El les dijo: Echad la red a la derecha de
la barca y hallaréis. La echaron, pues, y ya no podían arrastrar
la red por la muchedumbre de los peces (...) Jesús les dijo: Venid
y comed...» (Jn 21,1-12).
Según los
Hechos de los Apóstoles
de Lucas, Jesús apareció ante sus apóstoles durante nada menos que
cuarenta días: «después de su pasión, se presentó vivo, con muchas
pruebas evidentes, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles
del reino de Dios» (Act 1,3) y, al fin «fue arrebatado a vista de ellos, y una nube le
sustrajo a sus ojos» (Act
1,9)[xviii].
Pero Pablo,
por su parte, complicó aún más la rueda de apariciones cuando testificó
que «lo que yo mismo he recibido, que Cristo murió por nuestros
pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, que resucitó al
tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, luego
a los doce. Después se apareció una vez a más de quinientos hermanos,
de los cuales muchos permanecen todavía, y algunos durmieron; luego
se apareció a Santiago, luego a todos los apóstoles; y después de
todos, como a un aborto, se me apareció también a mí» (I Cor
15,3-8).
Tomando en cuenta los denodados
esfuerzos -con
milagros incluidos-
que había hecho Jesús, durante su vida pública, para intentar convencer
de su mensaje a las masas ¿no resulta increíble que se apareciera
solamente ante sus íntimos y no ante todo el pueblo o el procurador
Pilato que le ajustició, despreciando así su mejor oportunidad para
convertir a todo el Imperio romano de una sola vez? Por otra parte,
si repasamos lo dicho en todos estos testimonios inspirados
que acabamos de exponer, tal como lo resumimos en el cuadro que
insertaremos seguidamente, deberemos convenir que no es creíble
en absoluto que un suceso tan fundamental como éste se cuente de
tantas formas diferentes y que cada autor sagrado haga aparecer a Jesús las veces que le venga en gana
y en los lugares y ante los testigos que se le antojen.
Los machistas Lucas y Pablo excluyen a María Magdalena de entre los privilegiados
testigos de las apariciones de Jesús, mientras que para los otros
es la primera en verle. Las apariciones en el camino cerca de Jerusalén
sólo figuran en Marcos
y en Lucas (que toma el
dato de éste) y aportan contextos muy diferentes.
La
presencia de Jesús ante sus apóstoles cuando aún estaban en Jerusalén
es relatada por Lucas, Juan y Pablo, que no conocieron a Jesús ni
fueron discípulos suyos, pero inexplicablemente la omiten quienes
se supone que estaban allí, eso es el apóstol Mateo y Pedro (cuyas
memorias originan el texto de Marcos).
Las apariciones de Jesús
en Galilea solo figuran en Mateo,
Marcos y Juan, pero fueron situadas, respectivamente, en escenas y comportamientos
absolutamente diversos que acontecieron en lo alto de una montaña,
alrededor de una mesa y pescando en el lago Tiberíades (¡¿?!). Lucas
afirmó que hubo apariciones durante cuarenta días o un día, según
qué texto suyo se lea, y su maestro Pablo perdió toda mesura y compostura
en su texto de I Cor 15,3-8,
donde se cita a Jesús presentándose tanto a discípulos solos como
a grupos de «quinientos hermanos». Por último, sólo en Marcos
y en Lucas -que no fueron escritos por apóstoles-
se dice que Jesús fue «levantado a los cielos», aunque, lógicamente,
también se presentó el hecho en circunstancias substancialmente
distintas.
Dado que
el más elemental sentido común impide creer que un evangelista hubiese
dejado de enumerar ni una sola de las apariciones de Jesús resucitado,
los vacíos y contradicciones tremendas que se observan sólo pueden
deberse a que esos relatos fueron una pura invención destinada a
servir de base al antiguo mito pagano del joven dios solar expiatorio
que resucita después de su muerte, una leyenda que, como ya mostramos,
se aplicó a Jesús sin rubor alguno.
Puestos a observar incongruencias,
también aparecen ciertas dudas razonables cuando calculamos el tiempo
que permaneció muerto Jesús. Si, tal como testifican los evangelistas,
Jesús fue depositado en su sepulcro a finales de la tarde de un
viernes -o
de la noche, pues en Lc
23,54 se dice que «estaba para comenzar el sábado»- y el domingo «ya para amanecer» (Mt
28,1) Jesús había desaparecido del «monumento» debido a su resurrección
en algún momento concreto que se desconoce, resulta que el nazareno
no estuvo en su tumba más que unas seis horas, como máximo, el viernes,
todo el sábado y otras seis horas o menos el domingo, eso hace un
total de unas treinta y seis horas, un tiempo récord que es justo
la mitad de las horas que debería haber pasado muerto para poder
cumplirse adecuadamente la profecía que el propio Jesús había hecho
a sus apóstoles al decirles que «El Hijo del hombre será entregado
en manos de los hombres y le darán muerte, y muerto, resucitará
al cabo de tres días» (Mc
9,31).
Por si algún
cristiano piadoso quisiere defenderse como gato panza arriba argumentando
que viernes, sábado y domingo, aunque no fueran completos, ya son
los «tres días» profetizados, será obligatorio recordar la respuesta
que dio Jesús en Mt 12,38-40:
«Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos, y le dijeron:
Maestro, quisiéramos ver una señal tuya. El, respondiendo, les dijo:
La generación mala y adúltera busca una señal, pero no le será dada
más señal que la de Jonás el profeta. Porque, como estuvo Jonás
en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el
Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra»[xix].
Es evidente, pues, que el tiempo de permanencia en el sepulcro,
antes de resucitar, debía ser de tres días completos con sus respectivas
noches.
Jesús, por
tanto, no resucitó a los tres días de muerto sino al cabo de un
día y medio, con lo que no pudo validarse a sí mismo mediante la
«señal de Jonás», puesto que incumplió su reiterada promesa por
exceso de rapidez. Aunque, en cualquier caso, dejó constancia
de su gloria y poder al vencer en su propio mito a su oponente el
dios Mitra, que ese sí tuvo que pasarse tres días enteros dentro
de su tumba antes de poder resucitar.
En el caso de que la resurrección
de Jesús hubiese sido un hecho cierto, cosa que este autor no tiene
el menor interés en negar por principio, resulta absolutamente evidente
que tal prodigio no aparece acreditado en ninguna parte de las Sagradas
Escrituras; cosa bien lamentable, por otra parte, ya que no
se aborda esta cuestión -ni
nada que se le relacione, aunque sea remotamente- en ningún otro documento contemporáneo ajeno a los
citados.
[i] Del viernes («Llegada ya la tarde, porque era la
Parasceve, es decir, la víspera del sábado» se añade en Mc 15,42).
[ii] En la anotación a Mt
27,58 (en la traducción de Nácar-Colunga) se dice: «Como cadáver
de reo, estaba en poder del juez, que no lo entregó hasta haberse
certificado que estaba ya muerto.»
[iii] Parasceve significa el día de la Preparación, el
viernes o víspera del día de descanso semanal judío que, ese
sábado, precisamente, a lo que parece, debía coincidir con alguna
celebración especial.
[iv] Según lo refiere el evangelista en Mt 28,11-15, la versión del robo del cadáver de Jesús por parte de
sus discípulos fue la que «se divulgó entre los judíos hasta
el día de hoy». Mateo,
en una patraña que no consta en ningún otro evangelio, cuenta
cómo los sacerdotes judíos pagaron «bastante dinero» a los guardianes
romanos para que dijeran que «viniendo los discípulos de noche,
le robaron mientras nosotros dormíamos», con lo que, de una
tacada, toma por estúpidos al Sanedrín judío, a los soldados
romanos y al lector de sus versículos ya que, si los sacerdotes
judíos pensaron que Jesús había resucitado de verdad, no tenía
ningún sentido pagar para ocultar algo tan grande que acabaría
por saberse de alguna forma (nadie resucita para mantenerlo
oculto) y, por otra parte, si los guardias romanos hubiesen
confesado haberse dejado robar el cuerpo de Jesús mientras dormían,
se les habría ejecutado inmediatamente, con lo que el dinero
recibido les iba a servir de bien poco.
[v] Un hecho tan importante como que el apóstol Pedro
estuvo en el sepulcro en esa circunstancia básica del cristianismo
hubiese sido conocido y relatado por Marcos, que escribió su
texto sobre lo que le escuchó predicar directamente a Pedro;
y también lo hubiese sabido y escrito su compañero de apostolado
Mateo, pero ese no es el caso.
[vi] Que ya se deja ver cuando, como fuente de Juan “el
Anciano”, describe el modo ritual judío de practicar los enterramientos
-en Jn 19,39-40- y entra en contradicción con los otros tres evangelistas.
[vii] Al margen de lo dicho, quizá la credibilidad de
María Magdalena -o María de Magdala- no fuese demasiado sólida ante quienes la conocían
si, tal como se cuenta en Lc
8,2, «había sido curada de espíritus malignos (...) de la cual
habían salido siete demonios» antes de convertirse en seguidora
de Jesús. Desde el punto de vista psiquiátrico actual cabría
pensar, como mínimo, que ¡siete demonios suponen ya demasiado
desequilibrio para una sola persona! (máxime en un tiempo que
estaba aún a dos milenios del descubrimiento de los neurolépticos
y demás psicofármacos antipsicóticos).
[viii] Así, por ejemplo, en Mt
16,21-23 se lee: «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar
a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén para sufrir mucho
de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes
y de los escribas, y ser muerto, y al tercer día resucitar.
Pedro, tomándole aparte, se puso a amonestarle, diciendo: No
quiera Dios, Señor, que esto suceda. Pero El, volviéndose, dijo
a Pedro: Retírate de mí, Satanás; tú me sirves de escándalo,
porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.»
[ix] Cfr. Mt
9,18-25; Mc 5,35-43 y Lc 8,40-56.
[xi] El pasaje se repite en Mt
16,21 y en Lc 9,22.
[xii] Ver también Mt
17,22-23 -que añade que los apóstoles
«se pusieron muy tristes»-
y Lc 9,44-45.
[xiii] Este texto se reproduce también en Mt 20,18-19 y en Lc 18,31-34,
que añade: «Pero ellos no entendían nada de esto, eran cosas
ininteligibles para ellos, no entendían lo que les decía.»
[xiv] En el contexto narrativo equivalente de Mt
26,30-35 y Lc 22,31-39 no se incluye esta frase.
[xv] «Porque como por un hombre vino la muerte, también
por un hombre vino la resurrección de los muertos. Pues así
como en Adán mueren todos, así también en Cristo serán todos
vivificados» (I Cor 15,21-22).
[xvi] Tan llamativa e imposible de camuflar es esta incoherencia,
que la Iglesia católica no ha logrado maquillarla del todo ni
aún con sus alucinógenas anotaciones a las Sagradas
Escrituras. En la Biblia
de Nácar-Colunga se anota el versículo de Mt
27,52 con el comentario siguiente: «Este hecho nos es transmitido
sólo por San Mateo; su interpretación es difícil, y por esto,
objeto de varias opiniones. En el sentido obvio, esos santos
se habrían adelantado al Señor en la resurrección, lo que no
puede admitirse. ¿Habrá anticipado el evangelista la resurrección
de los santos? Esos que, resucitados, salieron de sus sepulcros,
¿volvieron a morir? Otros tantos misterios. Lo indudable es
que esa resurrección, cualquiera y como quiera que sea, es señal
de la victoria de Jesús sobre la muerte y de la liberación de
los que le esperaban en el seno de Abraham». La desfachatez
de la Iglesia es tan infinita y resulta tan obvia que ahorra
cualquier apostilla a esta autorizada
anotación.
[xvii] El mismo Lucas, sin embargo, en unos versículos
que preceden a los citados, presentó al apóstol Pedro predicando
en Lidia y obrando curaciones milagrosas, como la del paralítico
Eneas (Act 9,33-35), y prodigios como el de la resurrección de Tabita, una
discípula del pueblo de Joppe que murió tras una enfermedad
«y, lavada, la colocaron en el piso alto de la casa. Está Joppe
próximo a Lidia; y sabiendo los discípulos que se hallaba allí
Pedro, le enviaron dos hombres con este ruego: No tardes en
venir a nosotros. Se levantó Pedro, se fue con ellos y luego
le condujeron a la sala donde estaba, y le rodearon todas las
viudas, que lloraban, mostrando las túnicas y mantos que en
vida les hacía Tabita. Pedro los hizo salir fuera a todos, y
puesto de rodillas, oró; luego, vuelto al cadáver, dijo: Tabita,
levántate. Abrió los ojos, y viendo a Pedro, se sentó. En seguida
le dio éste la mano y la levantó, y llamando a los santos y
viudas, se la presentó viva» (Act
9,36-41). Es evidente que en esos días no hacía falta ser Dios
o Jesús para poder resucitar al prójimo y, en todo caso, no
se precisaba ser nadie en especial para que Dios acordara devolverle
la vida ¿a qué entonces tanto alboroto con la resurrección del
«Hijo de Dios»? ¿es que no merecen idéntico alborozo la resurrección
de Lázaro o ésta de Tabita? Dado que los textos de las Escrituras
van avalados por la “palabra de Dios”, las resurrecciones que
refieren sólo pueden ser ciertas e igualmente meritorias e indiciarias
todas ellas o, por el contrario, deben ser consideradas meras
fabulaciones todas ellas sin excepción.
[xviii] Si leemos el Evangelio
de Lucas, obra del mismo Lucas que escribió los Hechos, veremos que Jesús no pasó cuarenta días apareciéndose, sino
que ascendió al cielo el mismo día de su resurrección, poniendo
así punto final a su estancia terrenal (Cfr.
Lc 24,13-52) ¿en qué
quedamos? ¿fueron cuarenta días o uno solo?
[xix] No podemos menos que remarcar otra contradicción
-una más-
en el contexto narrativo de este párrafo, ya que mientras en
Mt 12,38-40 Jesús
es presentado pronunciando las palabras citadas en respuesta
a la interpelación de «algunos escribas y fariseos», en los
versículos paralelos de Lc 11,29-32 argumenta un discurso equivalente pero situado dentro
de un marco de enseñanza muy diferente y sin mediar pregunta
ninguna (si exceptuamos la imprecación de «una mujer de entre
la muchedumbre» que, en Lc
11,27, le dice: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que
mamaste»).
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