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Jesús,
en los Evangelios, preconizó la igualdad de derechos de la
mujer, pero la Iglesia católica se convirtió en apóstol de su marginación
social y religiosa
(Fuente:
© Rodríguez,
P. (1997). Mentiras
fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: © Ediciones
B., capítulo 12, pp. 313-324)
Afirma,
con sobrada razón, el teólogo católico Schillebeeckx que «de hecho
hay más mujeres comprometidas en la vida de la Iglesia que hombres.
Y, no obstante, están desprovistas de autoridad, de jurisdicción.
Es una discriminación (...) La exclusión de las mujeres del ministerio
es una cuestión puramente cultural, que en el momento actual no
tiene sentido. ¿Por qué las mujeres no pueden presidir la Eucaristía?
¿por qué no pueden recibir la ordenación? No hay argumentos para
oponerse a conferir el sacerdocio a las mujeres»[i].
Con
todo el derecho que le confiere su cargo, pero sin ninguna razón
evangélica ni histórica, el papa Juan Pablo II, en su meditación
Dignitatis mulieris, abundó
en el manido argumento de que Jesús no llamó a ninguna mujer entre
los doce apóstoles y que por ello debe concluirse que las excluyó
explícitamente de la dirección de la Iglesia y también del ministerio
sacerdotal, pero tal pretensión no solamente carece de fundamento
sino que es profundamente tramposa. Si leemos el Nuevo
Testamento sin prejuicios machistas,
observaremos que Jesús trató a la mujer de un modo bien distinto
al que pretende la Iglesia católica y que en las primeras comunidades
cristianas la mujer ocupaba cargos de responsabilidad.
En
cualquier caso, tal como ya hemos documentado sobradamente en capítulos
anteriores, si a alguien excluyó Jesús del «reino» que predicó,
fue -de
modo bien explícito-
a los sacerdotes profesionales y a todos aquellos que no fueran
judíos, una evidencia que conduce a la paradoja de que son los sacerdotes
católicos, desde el papa hasta el último párroco, los primeros proscritos
para ocupar cargos dentro de la ekklesía
de Jesús (aunque estricto
sensu sí puedan desempeñarlos en la Iglesia católica puesto
que ésta no sigue el modelo apostólico ni el mensaje básico y nuclear
de Jesús).
A
propósito del texto de Juan Pablo II recién citado, la teóloga católica
Margarita Pintos reflexiona: «con este argumento se apela a que
Jesús eligió libremente doce varones para formar su grupo de apóstoles.
Esto es cierto, pero también es importante tener en cuenta que además
de varones eran israelitas, estaban circuncidados, algunos estaban
casados, etc., y, sin embargo, el único dato que se presenta como
inamovible es el de que eran varones, mientras que los demás datos
se consideran culturales. No se tiene en cuenta que Jesús, como
buen judío, quería restaurar el nuevo Israel, y que la tradición
de su pueblo le imponía de forma simbólica elegir a doce (uno de
cada tribu de Israel), además varones (las mujeres no hubieran representado
la tradición) y por supuesto israelitas (si hubiera incorporado
a un gentil, ya se hubiera roto la continuidad). Esto demuestra
que sólo se nos dice una parte de la verdad, y que los datos que
no interesa desvelar se nos ocultan.
»Como
muy bien ha puesto de manifiesto el escriturista Lohfink -prosigue
Pintos-,
la elección de los doce por Jesús es una acción simbólica y profética
que nada prejuzga y en nada afecta al papel asignado a la mujer
en el pueblo de Dios. Si se quiere apreciar en sus justos términos
la presencia de la mujer en el movimiento de Jesús, hay que prestar
más atención a la composición del grupo de discípulos. Es precisamente
ahí donde se pone de manifiesto que Jesús, con una libertad sorprendente
y sin tener en cuenta los estereotipos vigentes en la sociedad judía
de entonces, integró mujeres en su círculo de discípulos»[ii].
Efectivamente,
si nos fijamos, por ejemplo, en Mt
27,55-56, Mc 15,40-41, Lc 23,49-55
y otros, encontraremos a un grupo de mujeres que seguían a Jesús,
eso es que estaban aceptadas en su círculo de discípulos, todo un
signo del nuevo «reino de Dios» que jamás hubiese sido posible en
el entorno judío del que procedían tanto Jesús como sus apóstoles
varones; un signo claro, por tanto, de que la mujer debía jugar
un papel distinto en los nuevos tiempos.
Si
nos fijamos en la utilización del género en el Nuevo
Testamento, tal como propone en un interesante trabajo el teólogo
y sacerdote católico António Couto[iii],
nos llevaremos una buena sorpresa: la palabra “hombre” como sinónimo
de “ser humano” (anthôpos/homo)
aparece 464 veces y la designación de “varón” (anêr/vir) y “mujer” (gynê/mulier)
lo hace exactamente con la misma frecuencia, eso es 215 veces cada
uno de ellos, ni más ni menos.
Focalizando
la revisión en los cuatro Evangelios,
vemos que la palabra “mujer” aparece 109 veces mientras que “hombre”
(varón) lo hace sólo 47; y de los 109 registros de “mujer”, 63 se
refieren a una mujer en cuanto a tal y apenas 46 lo hacen para identificar
a la mujer de algún hombre, es decir, su esposa (en este cómputo
hay que tener en cuenta que Juan,
que cita 22 veces la palabra “mujer”, no lo hace ni una sola vez
para situarla en el rol de esposa).
Resulta
también sintomático que los nombres propios femeninos sean muchísimo
más abundantes en el Nuevo Testamento que en el Antiguo.
De los 3.000 nombres propios que aparecen en toda la Biblia, 2.830 (94,3%) son masculinos y sólo 170 (5,5%) son femeninos,
pero si nos concentramos en los 150 nombres propios que, en total,
se mencionan en el Nuevo Testamento,
vemos que 120 (80%) son masculinos y 30 (20%) lo son femeninos;
el peso de las mujeres, por tanto, cuadruplicó su porcentaje. Todas
estas cifras implican algo sustancial: aún dentro del entorno judío
en que se desarrollan los pasajes neotestamentarios -que
era esencial y profundamente patriarcal y androcéntrico-,
Jesús quiso mostrar no sólo que la mujer era importante, sino que
podía y debía gozar de los mismos derechos sociales y religiosos
que el varón.
Cuando
leemos con detenimiento el Nuevo
Testamento y nos fijamos en los pasajes que tienen a mujeres
por eje central, salta a la vista rápidamente que en estos textos
se les adjudicó un protagonismo muy importante, tanto por el hecho
de haberlas hecho testigos únicos de algunos de los momentos más
claves de la historia del nazareno, como por haberlas elevado al
rango de co‑protagonistas, junto a Jesús, para asentar enseñanzas
que serían fundamentales para el cristianismo posterior.
Así,
por ejemplo, es una mujer, no un varón, el primer ser humano que
proclamó la divinidad de Jesús; un honor que le cupo a Isabel, según
Lc 1,42-55. Fue también
a mujeres, según ya vimos en el capítulo 5, a quienes les fue revelada
en primer lugar la resurrección del nazareno, el suceso más fundamental
del cristianismo, y María de Magdala fue la primera en recibir la
aparición de Jesús resucitado y la encargada de comunicárselo a
los discípulos varones.
Al
contrario que los apóstoles, las discípulas galileas de Jesús no
huyeron ni corrieron a esconderse y permanecieron en Jerusalén durante
todo el proceso de ejecución y entierro de su maestro. En relación
a esto último, es de un simbolismo evidente el hecho de que en el
Calvario, a los pies del Jesús crucificado (inicio del proceso de
la salvación, para los creyentes), sólo había cuatro mujeres, llamadas
María todas ellas -según
Jn 19,25-,
pero ningún apóstol varón.
Las
siete mujeres que siguen y sirven a Jesús de forma continua -María
de Magdala, María de Betania y su hermana Marta, Juana, Susana,
Salomé y la suegra de Simón/Pedro-
son personas nada convencionales, libres de amarras sociales, religiosas
y de sexo, capaces de poder decidir su presente y su futuro; mujeres,
tal como afirma el teólogo Couto, «nada marginales, más bien situadas
dentro de la historia y del alma de su pueblo, cómplices de la esperanza
mesiánica, cuya realización intuyen, esperan, favorecen y aportan.
Son mujeres al servicio de Dios y del Evangelio;
no están al servicio de un varón o de los hombres en general; están
al servicio del Evangelio,
a causa de lo cual dejan evangélicamente todo, dándolo evangélicamente
todo (...) son mujeres evangelizadas y evangelizadoras»[iv].
Entre los seguidores de Jesús se dio un discipulado de iguales entre
varones y mujeres, y el rol de éstas, aunque más restringido a causa
de los condicionantes sociales imperantes, no fue menos importante
que el de aquellos.
María
de Magdala no sólo aparece en los textos como discípula y servidora
de Jesús y su mensaje sino que se la inmortalizó con una misión
clara de mensajera, de
informadora de los discípulos varones, un papel que reconocerá la
tradición latina a partir del siglo XII al distinguirla con el título
de apostola apostolorum
(apóstola de los apóstoles).
El
diálogo más extenso de cuantos mantuvo Jesús, según aparece en los
Evangelios, en Jn
4,7-26, se produjo entre éste y la “mujer de Samaria”, desarrollándose
a lo largo de siete intervenciones del nazareno y seis de la samaritana
-causando
tan gran asombro a los discípulos cuando los vieron conversando
juntos «que se maravillaban de que hablase con una mujer»[v]-;
como resultado de esta charla, mantenida junto a una fuente de la
ciudad de Sicar, muchos samaritanos reconocieron a Jesús como «Salvador
del mundo» (Jn 4,39-42),
siendo éste un pasaje clave para justificar la extensión del cristianismo
entre los gentiles[vi].
Cuando
Juan hizo que Jesús, para
ir de Judea a Galilea, tuviera «que pasar por Samaria» (Jn
4,3-4) -un
camino que podía hacerse perfectamente sin tener que pasar por el
«pozo de Jacob» de Sicar o Siquem en Samaria-,
quiso que ese desvío hacia tierra gentil y el debate con la mujer
del pozo adquiriese un notable y específico significado simbólico.
La samaritana -que
había tenido cinco maridos y vivía amancebada con un sexto-
abandonó su cántaro y corrió a testimoniar (martyréô)
entre sus convecinos la presencia de Jesús, representando así al
«antiguo Israel adúltero e infiel que se convierte en el nuevo Israel
purificado, fiel y misionero»[vii].
Si se hubiese querido excluir a la mujer como elemento activo del
«reino» predicado por Jesús, tal como hace la Iglesia, se habría
elegido un varón para protagonizar este pasaje o su equivalente,
pero no fue así.
La
iglesia católica habla a menudo de la famosa profesión de fe que
Jesús le pidió a Pedro en Mt 16,15-20, pero calla que esa misma profesión de fe se la solicitó
también a una mujer, a Marta de Betania: «Díjole Jesús: Yo soy la
resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú
esto? Díjole ella: Sí, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el
Hijo de Dios, que ha venido a este mundo» (Jn
11,25-27). Marta, por tanto, fue puesta por Jesús ante el mismo
privilegio que Pedro.
El
respeto que Jesús manifestó por la mujer se trasluce perfectamente
en un relato como el de Mt 15,21-28 y Mc 7,24-30,
donde una mujer cananea (libanesa) le replica a Jesús y le gana
la disputa dialéctica logrando su propósito -«¡Oh
mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres» acaba por
concederle el nazareno (Mt
15,28)-;
ésta es la única ocasión, en todos los Evangelios,
en la que Jesús habló de «fe grande» ¡y la atribuyó a una mujer!,
mientras que al mismísimo Pedro (Mt
14,31) y a los discípulos (Mt
6,30) les había tildado previamente de «hombres de poca fe».
Otra
mujer, su propia madre, fue la responsable de que Jesús obrase su
primer milagro público, según el relato de Jn
2,3-5: «No tenían vino, porque el vino de la boda se había acabado.
En esto dijo la madre de Jesús a éste: No tienen vino. Díjole Jesús:
Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? No es aún llegada mi hora. Dijo
la madre a los servidores: Haced lo que El os diga», finalizando
el pasaje con la frase: «Este fue el primer milagro que hizo Jesús,
en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos»
(Jn 2,11).
Jesús
también hizo descansar sobre el protagonismo de una mujer (Lc
7, 36-50), esta vez una «pecadora arrepentida», su fundamental enseñanza
sobre la gracia y el perdón de los pecados, un mensaje básico para
el cristianismo futuro. Del mismo modo mostró su respeto por la
mujer y proclamó su derecho a la igualdad cuando[viii]
rehabilitó a la «hemorroísa», la mujer que padecía flujo de sangre
desde hacía doce años y que, por ello, había sido excluida de la
vida social y religiosa de su comunidad (según lo prescrito por
Lev 15,19-29).
No
menos clarificador es el pasaje de la mujer sorprendida en adulterio
de Jn 8,1-11, en el que
Jesús se dirige a ella directamente, la pone al mismo nivel de trato
y respeto que merecían los varones presentes y la perdona. De hecho,
en Mt 5,27-32; 19,3-10
y Mc 10, 2-12, se ve perfectamente
que Jesús colocó a hombre y mujer en el mismo plano de igualdad
en cuanto al criterio de conducta moral respecto al divorcio y el
adulterio.
La
ekklesía que puso en marcha
Jesús era un pueblo de hombres y mujeres reunidos ante Dios, no
sólo de varones, como había sido la tradición judía hasta entonces.
Pablo recogió esta idea y la amplió a los gentiles cuando escribió:
«Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque
cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo.
No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o
hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús[ix].
Y si todos sois de Cristo, luego sois descendencia de Abraham, herederos
según la promesa» (Gál
3,26-29).
En
esta declaración bautismal del movimiento misionero pre‑paulino
se proclamó específicamente que la iniciación, el ingreso en «el
pueblo de Dios», no se producía ya a través de la circuncisión (patrimonio
exclusivo del varón) sino mediante el bautismo, que incluye a todos
sin excepción bajo un mismo Salvador y dentro del nuevo -y
ampliado-
pueblo de Dios. Era una nueva visión religiosa que negaba las prerrogativas
basadas en la masculinidad y abría las puertas a mujeres y esclavos,
lanzando una novedosa concepción igualitaria en todos los campos,
que incluso integraba a los gentiles, excluidos hasta entonces del
«pueblo de Dios».
Tras
un somero repaso de las epístolas paulinas puede verse que las mujeres
de las comunidades cristianas de esos días eran aceptadas y valoradas
como miembros que gozaban de los mismos derechos y obligaciones
que los varones. Pablo dejó escrito que las mujeres trabajaban con
él en igualdad de condiciones y mencionó específicamente a Evodia
y Síntique (que «lucharon por el evangelio»), Prisca («colaboradora»),
Febe (diákonos, hermana
y prostatis o protectora[x]
de la iglesia de Céncreas), Junia (apóstol, considerada apóstola
por los padres de la Iglesia, pero transformada en varón en la Edad
Media por no poder admitir que una mujer hubiese sido apóstol junto
a Pablo y tomada como «ilustre entre los apóstoles»).
Se
relacionan también parejas de misioneros que trabajaron en plano
de igualdad uno con otra, como son los casos de Aquila y Prisca,
que fundaron una iglesia en su casa[xi],
el de Andrómico y Junia, etc. Esas mujeres fueron misioneras, líderes,
apóstoles, ministros del culto, catequistas que predicaban y enseñaban
el evangelio junto a Pablo, que fundaron iglesias y ocuparon cargos
en ellas... pero muy pronto el varón retomó el poder e hizo caer
en el olvido una de las facetas más novedosas del mensaje cristiano;
en el siglo II, la declaración de Gál
3,26-29 ya había sido traicionada en todo lo que hace a la igualdad
entre los dos sexos.
En
alguna parte del camino se había dado un golpe de estado tomando
por bandera una exégesis incorrecta de algunas frases paulinas polémicas.
Cuando Pablo escribió «quiero que sepáis que la cabeza de todo varón
es Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón, y la cabeza de Cristo,
Dios» (I Cor 11,3) y,
pocos versículos más adelante, entró en la discusión acerca del
deber de las mujeres de llevar velo en la cabeza para orar, el autor
del texto[xii]
había empleado la palabra griega exousía
(autoridad), pero fue traducida por “dependencia de” o “sujeción
a”, que conlleva una interpretación absolutamente diferente y lesiva
para la mujer.
De
lo anterior derivan sentencias tan conocidas como la de Haimo d’Auxerre
(siglo VIII): «en la Iglesia se entiende por mujer a quien obra
de manera mujeril y boba»; la de Graciano (siglo XII): «la mujer
no puede recibir órdenes sagradas porque por su naturaleza se encuentra
en condiciones de servidumbre»; o la de Santo Tomás (siglo XIII):
«como el sexo femenino no puede significar ninguna eminencia de
grado, porque la mujer tiene un estado de sujeción, por eso no puede
recibir el sacramento del Orden». La mujer, según la ha entendido
la patrística cristiana, es un ser inferior, boba y condenada a
la servidumbre «por su naturaleza». Hoy, no pocos sacerdotes y prelados
siguen pensando lo mismo de ellas (aunque haciéndolas, también,
como siempre fue, objeto de su lascivia).
A
pesar de que, según lo visto, no fuese así en los Evangelios,
sino todo lo contrario, la mujer comenzó a ser discriminada de la
ekklesía cristiana bastante
tempranamente; entre los siglos II y IV fue aboliéndose progresivamente
la presencia de las diaconisas en las congregaciones cristianas
y, bajo el control del emperador Constantino, la Iglesia católica
fue configurándose según el modelo del sacerdocio pagano que había
sido oficial, hasta entonces, en el imperio romano. Por igual razón,
los escritos bíblicos se han interpretado siempre desde una óptica
profundamente androcéntrica y con un lenguaje no solo escasamente
neutral sino abiertamente antifemenino.
La
Declaración Inter insigniores,
emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex Santa
Inquisición) el 15 de octubre de 1976, es un claro ejemplo de este
machismo clerical falto de fundamento y discriminatorio para la
mujer. A propósito de este texto, la teóloga católica Margarita
Pintos comenta muy certeramente que «la antropología que subyace
en esta declaración está claramente ligada al androcentrismo. Se
asume la teología escolástica medieval que adoptó la antropología
aristotélica en la que se define a las mujeres como “hombres defectuosos”.
Esta antropología defendida por San Agustín y más tarde reforzada
por Santo Tomás, que declara que las mujeres en sí mismas no poseen
la imagen de Dios, sino sólo cuando la reciben del hombre que es
“su cabeza”, no es, como parece obvio, una antropología revelada.
»El
hecho de que el sacerdote actúa in
persona Christi capitis sobre todo en la eucaristía -añade
Margarita Pintos-,
sirve a la declaración para afirmar que si esta función fuera ejercida
por una mujer “no se daría esta semejanza natural que debe existir
entre Cristo y el ministro”. Queda así reforzado el principio de
masculinidad para el acceso al ministerio ordenado. Sólo el ser
humano de sexo masculino puede actuar in
persona Christi, es decir, representar a Cristo, ser su imagen.
Así se acentúa el carácter androcéntrico de la cristología y de
la eclesiología»[xiii].
Sólo
desde esta plataforma ideológica que considera a las mujeres como
a «hombres defectuosos», especialmente enquistada en la jerarquía
católica[xiv],
puede comprenderse la marginación que la mujer católica aún sufre
en cuanto a sus derechos de participación en el ejercicio y organización
de su propia religión. La mujer católica tiene limitadas sus posibilidades
de contribución eclesial a los papeles de clienta
y de sirvienta de la Iglesia (o, más a menudo, del clero masculino).
A
pesar de que las corrientes evangélicas actuales están intentando
devolver a la mujer el protagonismo religioso que nunca debió perder
y que, desde 1958, va incrementándose de modo progresivo e imparable
el número de Iglesias cristianas que han aceptado con normalidad
la ordenación sacerdotal de mujeres, la Iglesia católica prefiere
seguir ignorando las enseñanzas del Nuevo
Testamento y mantenerse atrincherada en su tradición:
¡las mujeres no pasarán! Qué lejos y olvidado ha quedado aquel Jesús
que predicó la igualdad de derechos de la mujer y las aceptó junto
a él como discípulas, con gran escándalo de los sacerdotes, claro
está. Igual que hoy.
En
lo personal, el modelo de mujer que la Iglesia católica actual quiere
imponer es el de un ser volcado en la maternidad por encima de todo
y que sea dócil y servil al varón aún a riesgo de su propia vida.
El mensaje nos lo ha dado con claridad el papa Wojtyla no sólo a
través de sus documentos y discursos sino mediante sus actos más
solemnes: canonizando a dos italianas cuyos mayores méritos fueron,
el de una, dejarse morir de cáncer de útero por no querer abortar
para someterse al tratamiento médico que la hubiese salvado -con
lo que dejó sin madre a sus cuatro hijos y al recién nacido que
no quiso perder-
y, el de la otra, aguantar hasta la muerte los malos tratos constantes
de su marido en lugar de divorciarse de él.
Podemos
suscribir sin reparo alguno la frase con la que la teóloga feminista
católica Rosemary Radford Ruether comenzó uno de sus últimos trabajos:
«Escribo este ensayo tristemente consciente de que parece cada vez
menos probable que el catolicismo institucional avance en dirección
a los evangelios»[xv].
[i]
Schillebeeckx, E. (1993). Sono un teologo felice. Colloqui con Francesco Strazzari. Bolonia:
Dehonieane, pp. 82-83.
[ii]
Pintos, M. (1990). El ministerio ordenado de las mujeres. Tiempo
de Hablar (44-45), pp. 39-40.
[iii]
Couto, A. (1996, noviembre). A missâo da mulher a partir dos
Evangelhos. Fraternizar
(96), pp. 14-18.
[v]
Es más correcta la traducción de «se asombraron» que la de «se
maravillaban» de Nácar-Colunga. El versículo citado añade «De
todos modos ninguno dijo: “¿Qué andas preguntando?” o “¿por
qué hablas con ella?”»; la razón para tal aclaración es que
no se consideraba decente que un rabbí (maestro) como Jesús
conversase con una mujer a solas.
[vi]
En este punto debemos recordar de nuevo que el texto de Juan
se escribió a finales de la primera década del siglo II, cuando
ya las comunidades paulinas llevaban medio siglo propagando
el nuevo evangelio entre los gentiles. Es muy probable, por
tanto, que la escena sea una invención, ya que fue redactada
con la intención de compensar
y anular el efecto de
la prohibición de predicar a los gentiles dada por Jesús
-en
Mt 10,5-7; 15,24-26-,
pero, sin embargo, a los efectos de resaltar la importancia
de la mujer, estos versículos denotan perfectamente que entre
las primeras comunidades cristianas se valoraba mucho la figura,
la influencia y el trabajo evangelizador de las mujeres.
[vii]
Couto, A. (1996). Op.
cit., p. 17.
[viii]
En Mt 9,20-22; Mc
5,25-35 y Lc 8,43-48.
[ix]
Este versículo rechaza de forma evidente la famosa plegaria
diaria de los judíos piadosos: «Bendito sea Dios que no me hizo
gentil, bendito sea Dios que no me hizo mujer, bendito sea Dios
que no me hizo esclavo».
[x]
El verbo prostátein
se emplea para designar las funciones de los obispos y diáconos
en pasajes como, por ejemplo, I Tes
3,4-ss, o I Tes 5,12;
5-17.
[xi]
En esas iglesias domésticas, la domina (dueña, esposa o madre de familia) jugaba un papel fundamental.
[xii]
En honor de la verdad hay que decir que Pablo nunca escribió
estos versículos, puesto que está demostrado que todo el capítulo
11 de la I Epístola a
los Corintios es una interpolación de finales del siglo
I, cuando Pablo ya llevaba años muerto. El texto de esta interpolación
no se corresponde en nada con la mentalidad típicamente paulina
de Gálatas, ni con
el papel que Pablo le dio a las mujeres en sus comunidades cristianas.
[xiii]
Pintos, M. (1990). Op.
cit., p. 39.
[xiv]
Aunque sea también una concepción común a todas las religiones
de sociedades patriarcales y en especial de los credos monoteístas
(con el islamismo a la cabeza).
[xv]
Cfr. Ruether, R. (1996,
noviembre). Uma Igreja livre de sexismo. Fraternizar (96), p. 23.
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