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Introito:
"La verdad os hará libres" (Jn 8,32), la mentira,
creyentes
(Fuente:
© Rodríguez,
P. (1997). Mentiras
fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: © Ediciones
B., Introito, pp. 7-19)
Es
probable que el título de este libro, Mentiras
fundamentales de la Iglesia católica, pueda parecerle inadecuado
o exagerado a algún lector, pero si nos remitimos a la definición
de la propia Iglesia católica cuando afirma que «la mentira es la
ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra
la verdad para inducir a error al que tiene el derecho de conocerla.
Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo,
la mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra
con el Señor»[i],
veremos cuan ajustado está este título a los sorprendentes datos
que iremos descubriendo a lo largo de este trabajo.
La
Iglesia católica es una institución que conserva una notable influencia
en nuestra sociedad -a
pesar de que la mayoría de sus templos suelen estar muy vacíos y
de que casi nadie, ni aún sus fieles, sigue las directrices oficiales
en materia de moral-
y sus actuaciones repercuten tanto entre los creyentes católicos,
o de cualquier otra religión, como entre los ciudadanos manifiestamente
ateos. Por esta razón, no sólo es lícito reflexionar sobre todo
cuanto atañe a la Iglesia católica sino que, más aún, resulta obligado
el tener que hacerlo. Tal como expresó el gran teólogo católico
Schillebeeckx: «se debe tener el coraje de criticar porque la Iglesia
tiene siempre necesidad de purificación y de reformas».
Lo
que es, dice o hace la Iglesia católica, por tanto, nos incumbe
en alguna medida a todos, ya que resulta imposible sustraerse a
su influjo cultural tras casi dos milenios de predominio absoluto
de su espíritu y sus dogmas en el proceso de conformación de mentes,
costumbres, valores morales y hasta legislaciones.
Si
nos paramos a pensar, nos daremos cuenta de que no sólo tenemos
una estructura mental católica para ser creyentes sino que también
la tenemos para ser ateos; para negar a Dios y la religión sólo
podemos hacerlo desde aquella plataforma que nos lo hizo conocer,
por eso un ateo de nuestro entorno cultural es, básicamente, un
ateo católico. Nuestro vocabulario cotidiano, así como nuestro refranero,
supura catolicismo por todas partes. La forma de juzgar lo correcto
y lo incorrecto parte inevitablemente de postulados católicos. Los
mecanismos básicos de nuestra culpabilidad existencial son un dramático
fruto de la formación católica (heredera, en este aspecto, de la
dinámica psicológica judeocristiana).
Nuestras
vidas, tanto en el caso del más pío de los ciudadanos como en el
del más ateo de los convecinos, está dominada por el catolicismo:
el nombre que llevamos es, en la mayoría de las personas, el de
un santo católico, el de una advocación de la Virgen, o el del mismo
Jesús; nuestra vida está repleta de actos sociales que no son más
que formas sacramentales católicas -bautismos,
primeras comuniones, bodas, funerales, etc.-,
a los que asistimos con normalidad aunque no seamos creyentes; las
fiestas patronales de nuestros pueblos se celebran en honor de un
santo católico o de la Virgen; nuestros puentes
y descansos vacacionales preferidos -Navidad,
Reyes, Semana Santa, San José, San Juan, el Pilar, la Inmaculada...-
son conmemoraciones católicas; decenas de hospitales, instituciones
o calles llevan nombres católicos; gran parte del arte arquitectónico,
pictórico y escultórico de nuestro patrimonio cultural es católico;
un elevadísimo porcentaje de centros educacionales, escolares y
asistenciales -y
sus profesionales-
son católicos; el peso católico en los medios de comunicación es
cada vez más notable (y encubierto); nuestro gobierno financia con
una parte de nuestros impuestos a la Iglesia católica...
Lo
queramos o no, estamos obligados a vivir dentro del catolicismo,
y ello no es ni bueno ni malo, simplemente es. Está justificado,
por tanto, que nos ocupemos en reflexionar sobre algo que tiene
tanto peso en nuestras vidas. Pero ¿qué sabemos en realidad de la
Iglesia católica y de sus dogmas religiosos? Parece que mucho o
todo, puesto que abrigamos la sensación de tener una gran familiaridad
con el catolicismo. Tan es así, que conocemos perfectamente, lo
creamos o no, que María fue considerada Virgen desde siempre, que
Jesús fue hijo único y que murió y resucitó a los tres días, que
fue conocido como consubstancial con Dios desde su mismo nacimiento,
que él fundó el cristianismo y la Iglesia católica e instituyó el
sacerdocio, la misa y la eucaristía, que estableció que el Papa
fuese el sucesor directo de Pedro... estamos seguros de que todo
eso es así porque siempre nos lo han contado de esta forma, pero,
sin embargo, cuando leemos directa y críticamente el Nuevo Testamento vemos, sin lugar a dudas, que ninguna de estas afirmaciones
es cierta.
La
primera vez que leí la Biblia, en septiembre de 1974, quedé muy sorprendido por las terribles
contradicciones que la caracterizan, pero también por descubrir
que el Jesús de los Evangelios
no tenía apenas nada que ver con el que proclama la Iglesia católica.
Veintidós años más tarde, en 1996, tras varias lecturas críticas
de las Escrituras y apoyado en el bagaje intelectual que da el haber estudiado
decenas de trabajos de expertos en Historia Antigua, religiones
comparadas, mitología, antropología religiosa, exégesis bíblica,
teología, arte, etc., mi nivel de sorpresa no sólo no ha disminuido
sino que se ha acrecentado en progresión geométrica.
Cuantos
más conocimientos he ido adquiriendo para poder analizar las Escrituras
desde parámetros objetivos, más interesantes me han parecido (como
documentos de un complejo y fundamental proceso histórico) pero,
también, más patética me ha resultado la tremenda manipulación de
las Escrituras y del mensaje
de Jesús, realizada, con absoluta impunidad, durante siglos, por
la Iglesia católica.
En
este libro no se pretende descubrir nada nuevo, puesto que, desde
finales del siglo XVIII hasta hoy, decenas de investigadores, todos
ellos infinitamente más cualificados que este autor, han publicado
trabajos científicos que han dinamitado sin compasión los documentos
básicos del cristianismo. Los especialistas en exégesis bíblica
y en lenguas antiguas han demostrado fuera de toda duda las manipulaciones
y añadidos posteriores que trufan el Antiguo
Testamento, el contexto histórico y la autoría reciente (s.
VII a. C.) del Pentateuco
-falsamente
atribuido a Moisés (s. XIII a. C.)-,
la inconsistencia de las “profecías”, la verdadera autoría de los
Evangelios y la presencia
de múltiples interpolaciones doctrinales en ellos, la cualidad de
pseudoepigráficos de textos que se atribuyen falsamente a Pablo
y otros en el Nuevo Testamento,
etc. Y los historiadores han puesto en evidencia que buena parte
de la historiografía católica es, simple y llanamente, mentira.
De todas formas, dado que los trabajos citados no son del conocimiento
del gran público, este texto contribuirá a divulgar parte de lo
que la ciencia académica ya sabe desde hace años.
El
breve análisis acerca de la Iglesia católica y algunos de sus dogmas,
que se recoge en este trabajo, no fue pensado, en principio, para
convertirse en un libro. En su origen no fue más que un proceso
de reflexión, absolutamente privado, a través del cual este autor
quiso profundizar en algunos aspectos doctrinales fundamentales
de la Iglesia católica mediante su confrontación con las propias
Escrituras en las que decían basarse.
Desde
esta perspectiva, el texto no pretende ser ni una obra acabada ni
definitiva de nada, aunque sí es el fruto del trabajo de muchos
meses de investigación, de cientos de horas ante el ordenador, rodeado
de montañas de libros, intentando asegurar cada palabra escrita
en las bases más sólidas y creíbles que he podido encontrar.
No
es tampoco un libro que pretenda convencer a nadie de nada, creo
que el lector tiene el derecho y la obligación de cuestionar todo
aquello que lee, por eso se facilita una abundante bibliografía
y se indica, en notas a pie de página, las referencias documentales
que cualquiera puede analizar por sí mismo para extraer sus propias
conclusiones.
En
cualquier caso, la fuente principal a la que hemos recurrido para
fundamentar lo que afirmamos es la Biblia; y para evitar que se nos acuse de basarnos en versículos arreglados,
hemos usado una Biblia
católica, concretamente la versión de Nácar‑Colunga, que es
la más recomendada entre los católicos españoles y, también, la
que contiene más manipulaciones sobre los textos originales con
la intención de favorecer la doctrina católica; pero aún así, la
lectura crítica de la Biblia
de Nácar‑Colunga sigue siendo demoledora para la Iglesia católica
y sus dogmas. De todas formas, aconsejamos sinceramente que todo
lector de este trabajo, sea católico o no, tenga una Biblia
a mano para consultarla siempre que precise guiarse por su propio
criterio[ii].
Uno
no puede dejar de sorprenderse cuando se hace consciente de que
los católicos, así como una buena parte de sus sacerdotes, no conocen
la Biblia. A diferencia
del resto de religiones cristianas, la Iglesia católica no sólo
no patrocina la lectura directa de las Escrituras
sino que la dificulta. Si miramos hacia atrás en la historia, veremos
que la Iglesia sólo hace dos siglos que levantó su prohibición,
impuesta bajo pena de prisión perpetua, de traducir la Biblia
a cualquier lengua vulgar. Hasta la traducción al alemán hecha por
Lutero en el siglo XVI, desafiando a la Iglesia, sólo los poquísimos
que sabían griego y latín podían acceder directamente a los textos
bíblicos. La Iglesia católica española no ordenó una traducción
castellana de la Biblia hasta la última década del siglo XVIII. Pero hoy, como en los
últimos dos mil años, la práctica totalidad de la masa de creyentes
católicos aún no ha leído directamente las Escrituras.
A
pesar de que, actualmente, la Biblia está al alcance de cualquiera, la Iglesia católica sigue formando
a su grey mediante el Catecismo
y lo que llama Historia Sagrada,
que son textos tan maquillados
que apenas tienen nada que ver con la realidad que pretenden resumir. Se intenta evitar la lectura directa de la Biblia
-o,
en el mejor de los casos, se tergiversan sus textos añadiéndoles
decenas de anotaciones peculiares,
como en la Nácar‑Colunga-
por una razón muy simple: ¡lo que la Iglesia católica sostiene,
en lo fundamental, tiene poco o nada que ver con lo que aparece
escrito en la Biblia!
El
máximo enemigo de los dogmas católicos reside en las propias Escrituras,
ya que éstas los refutan a simple vista. Por eso en la Iglesia católica
se impuso, desde antiguo, que la Tradición
-eso
es aquello que siempre han creído quienes han dirigido la institución-,
tenga un rango igual (que en la práctica es superior) al de las
Escrituras, que se supone
son la palabra de Dios. Con esta argucia, la Iglesia católica niega
todo aquello que la contradice desde las Escrituras
afirmando que “no es de Tradición”. Así, por ejemplo, los Evangelios documentan claramente la existencia de hermanos carnales
de Jesús, hijos también de María, pero como la Iglesia no tiene
la tradición de creer
en ellos, transformó el sentido de los textos neotestamentarios
en que aparecen y sigue proclamando la virginidad perpetua de la
madre y la unicidad del hijo.
De
igual modo, por poner otro ejemplo, la Iglesia católica sostiene
con empecinamiento el significado erróneo, y a menudo lesivo para
los derechos del clero y/o los fieles, de versículos mal traducidos
-errados
ya desde la Vulgata de
San Jerónimo (siglo IV d. C.)-
aduciendo que su tradición siempre los ha interpretado de la misma manera (equivocada,
obviamente, aunque muy rentable para los intereses de la Iglesia).
Para
dar cuerpo a la reflexión y a la estructura demostrativa de este
libro nos hemos asomado sobre dos plataformas complementarias: la
primera se basa en los datos históricos y el análisis de textos,
realizado por expertos, que indica que el contenido de los documentos
bíblicos obedece siempre a necesidades político-sociales y religiosas
concretas de la época en que aparecieron; que fueron escritos, en
tiempos casi siempre identificados, por sujetos con intereses claramente
relacionados con el contenido de sus textos (tratándose a menudo
de personas y épocas diferentes de las que son de fe); que fueron
el resultado de múltiples reelaboraciones, añadidos, mutilaciones
y falsificaciones en el decurso de los siglos;... es decir, que,
desde nuestro punto de vista, no hay la más mínima posibilidad de
que Dios -cualquier
dios que pueda existir-
tuviese algo que ver con la redacción de las Escrituras.
La
segunda plataforma, en la que damos un voluntario salto al vacío
de la fe, parte de la aceptación de la hipótesis creyente de que
las Escrituras son «la
palabra inspirada de Dios»; pero, analizando desde dentro de este
contexto, las conclusiones son aún más graves puesto que si la Biblia es la palabra divina, tal como afirman los creyentes, resulta
obvio que la Iglesia católica, al falsearla y contradecirla, está
traicionando directamente tanto la voluntad del Dios Padre como
la del Dios Hijo -a
quienes dice seguir fielmente-,
al tiempo que mantiene un engaño monumental que pervierte y desvía
la fe y las obras de sus fieles.
Valga
decir que éste no es ningún libro de fe o catecismo
-tampoco
es un anti-catecismo-,
sino un trabajo de recopilación y análisis de datos objetivos que
sugiere una serie de conclusiones -que
son discutibles, como cualquier otro resultado de un proceso de
raciocinio-,
pero, a medida que se vaya profundizando en este texto, será el
propio lector, ya sea posicionado en una óptica creyente, agnóstica
o atea, quien podrá -y
deberá-
ir sacando sus propias consecuencias acerca de cada uno de los aspectos
tratados.
En
esta obra no se aspira más que a reflexionar críticamente sobre
algunos elementos fundamentales de la institución social más influyente
de la historia -y
tenemos para ello la misma legitimidad y derecho, al menos, que
el esgrimido por la Iglesia católica para entrometerse y lanzar
censuras sobre ámbitos personales y sociales que no son de su incumbencia
y que exceden con mucho su función específica de «pastores de almas»-.
No es, por tanto, un libro que pretenda atacar a la Iglesia católica
o a la religión en general[iii],
aunque será inevitable que algunos lo interpreten así; quizá porque
su ignorancia y fanatismo doctrinal les impide darse cuenta de que,
en todo caso, son las propias religiones, con su comportamiento
público, quienes van perdiendo su credibilidad hasta llegar a cotas
más o menos importantes de autodestrucción.
Ningún
libro puede dañar a una religión, aunque sí sea habitual que las
religiones dañen a los autores de libros. A este respecto son bien
conocidos los casos de la fanática persecución religiosa de autores
como Salman Rushdi o Taslima Nasrin por el fundamentalismo islámico
chiíta, pero la Iglesia católica, actuando de una forma más sutil,
no se queda atrás ¡ni mucho menos! en la persecución de los escritores
que publican aquello que no le place o pone al descubierto sus miserias.
Son muchísimos los casos de escritores contemporáneos que han sufrido
represalias por enfrentarse a la Iglesia, pero baste recordar como
el papa Wojtyla ha amordazado a los teólogos díscolos mediante la
imposición del silencio, la expulsión de sus cátedras o la encíclica
Veritatis splendor; o
los sonados casos de los escritores Roger Peyrefitte y Nikos Karantzakis,
perseguidos con saña por el poderoso aparato vaticano por poner
en evidencia la hipocresía de la Iglesia católica.
La
experiencia de este autor después de publicar La
vida sexual del clero, un best-seller
que ha ocupado los primeros puestos de ventas en España y Portugal,
confirma también que la libertad de expresión no es una virtud con
la que comulga la Iglesia católica. Cuando el libro aún no se había
acabado de distribuir, desde la jerarquía eclesiástica se llamó
a periodistas de todos los medios de comunicación, “exigiendo”,
“aconsejando” o “solicitando” -según
la mayor o menor fuerza que tuviese el clero en cada medio y/o en
función de la militancia o no en el Opus Dei del periodista abordado-
que se guardara silencio sobre la aparición del libro, una consigna
que cumplieron fielmente buena parte de los periódicos y programas
de radio de gran audiencia, así como, obviamente, todos los medios
conservadores de talante clerical.
Afortunadamente,
el boca a boca de la calle pudo compensar en parte el silencio de
muchos medios de comunicación y miles de españoles acudieron a las
librerías a reservar su ejemplar, esperando pacientemente que las
sucesivas reediciones del libro salieran de la imprenta. Un dato
curioso es que las librerías religiosas, que habían sido marginadas
en la primera fase de distribución del libro, pronto comenzaron
a llamar a la editorial solicitando ejemplares ¡no en balde los
sacerdotes han sido grandes lectores de La
vida sexual del clero! De todos modos, bastantes librerías fueron
coaccionadas a quitar el libro de sus aparadores y, en la España
profunda, algunas otras
recibieron amenazas de agresión por parte de vándalos clericales.
Vaya desde aquí mi profundo agradecimiento a todos, lectores y libreros.
Dado
que la investigación de ese libro está sólidamente documentada y
viene apadrinada por un prólogo multidisciplinar firmado por cuatro
prestigiosas figuras[iv],
la ofensiva clerical tomó forma mafiosa,
atacando sin dar la cara jamás, intentando -y
en algún caso logrando-
perjudicar mis actividades profesionales ajenas a la faceta de escritor,
coaccionando a sacerdotes que habían colaborado en el libro, rescindiendo
el contrato de profesor de un brillante teólogo católico y sacerdote
por el mero hecho de haberme asesorado desde su especialidad[v],
haciendo publicar supuestas “críticas” del libro que no eran sino
meros insultos histéricos que pretendían descalificar globalmente
el trabajo sin aportar ni una sola evidencia en contra[vi],
vociferando desde el púlpito de las iglesias que leer ese libro
era pecado mortal, aduciendo que este autor tenía prohibida su entrada
en las iglesias[vii],
vetando al autor en cualquier programa de televisión en que participase
un obispo,...
El
largo rosario de hechos vergonzosos y coacciones a la libertad de
expresión perpetrados por el poder clerical español ha tenido una
de sus últimas apariciones estelares en el cese fulminante, como
director de la tertulia Las
cosas como son (RNE), del conocido periodista radiofónico Pedro
Méyer, acusado de «una falta grave de respeto a una religión, en
este caso la católica»[ix]
por un programa que trató con rigor algunas cuestiones sobre el
Papa, el Opus Dei y el celibato sacerdotal. A la jerarquía católica
lo que le molesta realmente es que las cosas se digan tal como son.
Hoy aún abundan los obispos que añoran las hogueras de la Santa
Inquisición.
Muchos
amigos, periodistas, políticos y miembros de otras profesiones “generalmente
bien informadas”, me han advertido del riesgo que corro publicando
este libro. «Ándate con muchísimo cuidado -me
aconsejó un querido amigo, conocido político conservador y católico
practicante-,
no olvides que la Iglesia tiene una experiencia de dos mil años
en el arte de hacer maldades impunemente». Soy muy consciente del
elevado precio personal que voy a tener que pagar, durante el resto
de mi vida, por publicar este trabajo y también de que su aparición
será ahogada rápidamente por el silencio cómplice de la mayoría
de los medios de comunicación, pero cuando uno ha pasado toda su
vida luchando en favor de la libertad, no se puede ni se debe cambiar
de rumbo.
Salvo
que el peso clerical que tiene el actual gobierno conservador español
decida variar el contenido del artículo 20 de nuestra Constitución,
seguiré pensando que cada ciudadano tiene el derecho «a expresar
y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante
la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción».
Este derecho no existe en el seno de la Iglesia católica -léase
la Veritatis splendor,
por ejemplo-
y su influyente autoritarismo pretende eliminarlo también del resto
de la sociedad.
No
tengo, ni mucho menos, vocación de mártir, pero jamás he actuado
con cobardía. Este libro no es más que la reflexión personal de
este autor y, como tal, un ejercicio del legítimo derecho a la opinión
y a la crítica que, sin duda alguna, conlleva también, necesariamente,
el derecho ajeno a la contracrítica -cosa
que yo siempre he agradecido y estimulado públicamente-,
aunque no a la persecución mafiosa,
de la que, por cierto, siempre me he sabido defender atacando con
igual intensidad a la de la agresión recibida. Yo no sé poner la
otra mejilla, lo siento.
A
fin de cuentas, en este libro no he hecho otra cosa que seguir lo
que se recomienda en los Hechos
de los Apóstoles: «Y llamándolos, les intimaron no hablar absolutamente
ni enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan respondieron
y dijéronles: “Juzgad por vosotros mismos si es justo ante Dios
que os obedezcamos a vosotros más que a El; porque nosotros no podemos
dejar de decir lo que hemos visto y oído”. Pero ellos les despidieron
con amenazas» (Act 4,18-21). En este libro nos hemos limitado a comprobar directamente
que fue aquello que se dejó escrito en la Biblia, en qué circunstancias se dijo y cómo se ha pervertido con
el paso de los siglos. Nos limitamos a decir «lo que hemos visto
y oído», como hicieron Pedro y Juan, aunque también como a ellos
los «sacerdotes y saduceos» nos amenacen.
El
propio Jesús, según Jn 8,32, dijo que «la verdad os hará libres» y las páginas siguientes
son una excursión en busca de las verdades que hay más allá de los
dogmas. Quizá la verdad no exista en ninguna parte, puesto que todo
es muy relativo, pero en el propio proceso racional de buscarla
alcanzamos cotas de libertad que nos alejan de la servidumbre a
la que la mentira y la hipocresía intentan someternos en su intrínseco
esfuerzo por moldearnos como creyentes acríticos.
[i]
Cfr. Santa Sede (1992). Catecismo
de la Iglesia Católica. Madrid: Asociación de Editores del
Catecismo, párrafo 2483, p. 540.
[ii]
Aunque hay mejores y peores traducciones de los textos bíblicos,
cualquier Biblia es apta para ser consultada. La mejor traducción castellana
actual es la Nueva Biblia
Española, y suelen ser también muy correctas las ediciones
protestantes basadas en revisiones actualizadas de la traducción
de Valera.
[iii]
Desde muchos medios de comunicación he defendido siempre que
en el curriculum escolar
debería figurar como materia obligatoria -no
optativa-
la religión, mejor dicho, la asignatura de historia de las religiones.
Creo que nadie puede comprender suficientemente al ser humano
y a la sociedad que ha conformado si no conoce las raíces del
hecho religioso, su evolución desde la prehistoria hasta hoy
a través de mitos, ritos y creencias muy diferentes pero íntimamente
continuistas unas de otras, sus consecuencias sociopolíticas,
etc. La historia de las religiones -de
todas, no de la católica exclusivamente-,
las religiones comparadas -no
el catecismo de una
sola, que eso no es materia escolar sino pauta de adoctrinamiento
que debería reservarse al seno de la familia y de los centros
de cada religión-,
es un conocimiento tan valioso como fundamental tanto para el
creyente como para el ateo. Aunque, no seamos ingenuos, a la
Iglesia católica en particular no le interesa nada formar en
materia de religión, lo que ella pretende y hace en los centros
escolares es proselitismo, adoctrinar de forma excluyente en
base a su catecismo.
[iv]
Victoria Camps, catedrática de Ética y, en ese momento, senadora;
Enrique Miret Magdalena, conocido teólogo católico; María Martínez
Vendrell, psicóloga; y Joaquín Navarro Esteban, magistrado de
la Audiencia Provincial de Madrid.
[v]
Lo dramático del caso no sólo es el abuso de poder sino quién
lo ha ejercido. La represalia fue ordenada desde el arzobispado
de Barcelona, institución a la que La vida sexual del clero dedica dos capítulos documentando irrefutablemente
que los cardenales Narcís Jubany y Ricard María Carles, y los
obispos Carles Soler, Jaume Traserra y Joan-Enric Vives, conocieron
las agresiones sexuales cometidas contra menores y adolescentes
por un grupo de diáconos y sacerdotes de su diócesis pero los
encubrieron impidiendo su persecución judicial; y permitiendo
incluso la ordenación sacerdotal de los diáconos implicados.
A raíz de la publicación del libro, este caso motivó una interpelación
parlamentaria y está siendo investigado judicialmente.
[vi]
Son modélicos, por ejemplo, los panfletos firmados por Javier Tusell (La
Vanguardia, 31-3-95, p. 41), Javier Azagra (La
Opinión de Murcia, 1-3-95, p. 4) y Pedro Miguel Lamet (Diario
16/Culturas, 6-5-95, p. 19). La sinuosa fidelidad ideológica del señor Tusell es suficientemente conocida como para
evitarnos cualquier comentario. La airada reacción de los otros
dos tuvo un motivo más evidente y noble, el de la defensa propia:
el obispo de Cartagena Javier Azagra aparece en un capítulo
del libro como encubridor de los abusos sexuales cometidos a
mujeres por Jesús Madrid, sacerdote y director del Teléfono
de la Esperanza de Murcia; el señor Lamet, un sacerdote
poco amigo de las obligaciones del celibato, era en esos días
el director de la revista A
vivir, editada por el Teléfono
de la Esperanza.
[vii]
La triste anécdota sucedió el 21-9-96 en la conocida e inigualable
iglesia barcelonesa de Santa María del Mar. El autor tenía que
presentar el concierto de canciones de cuna tradicionales que
la cantante Mariona Comellas iba a dar en el templo, pero, al
enterarse en el arzobispado, presionaron con fuerza para evitar
mi presencia en la iglesia; el argumento esgrimido es que «después
de haber publicado un libro contra la Iglesia a ese escritor
se le ha prohibido totalmente la entrada en las iglesias». Al
arzobispo Carles se le habría olvidado comunicarme oficialmente
tamaña majadería, claro está. El párroco de Santa María del
Mar, sin embargo, hizo caso omiso y pude tener el honor de presentar
el concierto tal como estaba previsto.
[viii]
En debate radiofónico celebrado el día 29-10-96, de 11 a 12
horas, en RPD-Antena 1 de Lisboa (programa de Carlos Pinto Coelho).
[ix]
Cfr. López, R. (1996, septiembre, 28). Méyer: “Yo no soy quién para
cerrarle la boca a los contertulios”. El
País.
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