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La
doctrina católica del infierno le fue tan desconocida al Dios del
Antiguo Testamento como al propio Jesús
(Fuente: © Rodríguez,
P. (1997). Mentiras
fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: © Ediciones
B., capítulo 17, pp. 375-381)
Según
el relato del Génesis, «Viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre
la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo
el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra (...)
y dijo: “Voy a exterminar al hombre que creé de sobre la faz de
la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta aves
del cielo, pues me pesa de haberlos hecho”. Pero Noé halló gracia
a los ojos de Yavé» (Gén
6,5-8).
Este
pasaje nos dice, como mínimo, tres cosas: que Yahveh no fue infinitamente
sabio ya que fue incapaz de prever que su creación se le iría de
las manos; que fue infinitamente injusto ya que castigó también
a todos los animales y vegetales vivos por una maldad que sólo era
obra de los humanos; y que, al no tener otra forma de castigo posible,
tuvo que recurrir al famoso diluvio universal. Parece obvio pensar
que Yahveh, en esos días, aún no podía disponer del infierno -que
es el lugar natural a
donde debe mandarse a los malvados-
y que, según cabe suponer, debía ser ya en esa época la residencia
de Satanás, ese ángel caído que había truncado el destino feliz
de toda la creación divina cuando, disfrazado de serpiente parlanchina,
sedujo a Eva con una manzana.
Si
repasamos el capítulo 26 del Levítico y el 28 del Deuteronomio,
donde se describen con minuciosidad todos los premios y castigos
(Lev 26,14-45 y Dt 28,15-45) de Dios para quienes cumplan o no sus mandamientos, veremos
que Yahveh amenazó al pecador con toda suerte de enfermedades y
canalladas conocidas en aquél entonces -incluso
con la de convertirle en cornudo: «tomarás una mujer y otro la gozará»-,
le garantizó un sufrimiento continuo, insidioso y torturante en
su vida terrenal... que acabaría, al fin, con su muerte. No hay
una sola palabra acerca de ningún infierno -tampoco
de ningún cielo-
en el que seguir padeciendo el resto de la eternidad[i].
¡Yahveh ignoraba una amenaza tan maravillosa como el infierno!
Tampoco
dijeron ni mú acerca del infierno los patriarcas hebreos; y, más
sintomático todavía, el mismísimo Moisés no mencionó jamás la existencia
del infierno a pesar de que hablaba familiarmente con Dios y había
sido educado en Egipto, tierra donde hacía ya siglos que creían
en la vida después de la muerte y en los premios y castigos de ultratumba.
Es
evidente que el Dios del Antiguo Testamento, que era sanguinario y vengativo, que condenaba
a quienes se apartaban de sus preceptos o atacaban a su «pueblo
fiel» a sufrir todo tipo de muertes, plagas, catástrofes naturales...
y castigaba las faltas de los padres hasta la cuarta generación
(Ex 20,5), sólo podía
recurrir a los suplicios mundanos porque desconocía cualquier otro
tipo de castigo para después de la muerte.
Con
el Nuevo Testamento nos
encontramos ante un Dios que ya no es aficionado a los degüellos
masivos sino que, por el contrario, propugna el amor al prójimo,
aunque éste sea el mismísimo enemigo. Pero también damos un salto
cualitativo hacia alguna parte cuando nos encontramos con la Gehenna
ignis o Gehenna del fuego.
Así, en Mateo leemos:
«todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el
que le dijere “raca”[ii]
será reo ante el Sanedrín y el que le dijere “loco”[iii]
será reo de la gehenna del fuego» (Mt
5,22) o, algo más adelante, «Si, pues, tu ojo derecho te escandaliza,
sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de
tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna...»
(Mt 5,29).
También
en Marcos aparece el fuego
eterno o ignis inextinguibilis
cuando se dice: «Si tu mano te escandaliza, córtatela; mejor te
será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna,
al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se
apaga...» (Mc 9,43-49). Pero lo cierto es que la palabra gehenna
-a
la que en la traducción latina de la Biblia,
se le añade la anotación “al fuego inextinguible”, que no figura
en el original-
no se refería sino a una metáfora basada en los vertederos de basura
que, en tiempos de Jesús, ardían en el valle de Ge‑Hinnom,
en las afueras de Jerusalén. Y la frase que le sigue procede de
Isaías y tiene un sentido
muy diferente en el original: «y, al salir, verán los cadáveres
de los que se rebelaron contra mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo
fuego no se apagará, y serán horror a toda carne» (Is
66,24).
El
vocablo gehenna, que aparece tanto en la traducción latina de la
Biblia, como en su anterior
versión griega, es un término hebreo (escrito como Ge‑Hinnom,
Jehinnom, Jinnom, Ginnom o Hinnom) que se refiere a un emplazamiento
geográfico. Si miramos cualquier mapa detallado de la ciudad de
Jerusalén y sus alrededores -muchas
biblias lo incluyen, marcando así mismo los límites de las murallas
en tiempos de Jesús-
encontraremos en el sudeste el valle Hinnom, fuera murallas y conectado
hacia el sudoeste con el valle Cedrón, identificado en época barroca
con el valle de Josafat, lugar en el cual debía tener lugar el Juicio
Final.
Ya
mencionamos con anterioridad, al tratar la leyenda de la “persecución
de inocentes”, que en los altozanos del valle de Hinnom los antiguos
cananeos habían celebrado esporádicos sacrificios de niños -a
quienes se quemaba vivos en piras-
con el fin de intentar aplacar a sus dioses ante el anuncio de alguna
futura amenaza o catástrofe pronosticada por los adivinos; los hebreos
habían guardado memoria de tales sucesos hasta el punto de que cuando
alguien actuaba mal era corriente -en
tiempos de Jesús y aún hoy día-
significarlo con la expresión “merece que le arrojen a las llamas
del Hinnom” o equivalente.
Las
referencias al valle de Hinnom son abundantes en el Antiguo
Testamento, así, por ejemplo, en
II Re 23,10 se
dice: «El rey [Josías]
profanó el Tofet[iv]
del valle de los hijos de Hinón, para que nadie hiciera pasar a
su hijo o hija por el fuego en honor de Moloc»; o en la cita de
Jer 7,31 cuando se describe: «Y edificaron los altos de Tofet, que
está en el valle de Ben‑Hinom [“Ben” significa “hijo de”],
para quemar allí sus hijos y sus hijas, cosa que ni yo [Dios Yahveh]
les mandé ni pasó siquiera por mi pensamiento.»
Cuando
se tradujo gehenna por infernus[v],
no sólo se corrompió el verdadero sentido de los textos originales
sino que se sentó las bases para construir la invención dogmática
que más ha aterrorizado a la humanidad del último milenio... y que
más beneficio le ha producido a la Iglesia católica siempre amenazante.
Para
los hebreos, según el Antiguo
Testamento, los muertos se reunían -tanto
los buenos como los malos-
en el she’ôl, donde llevaban
una existencia sombría tanto unos como otros; pero, entrada ya la
época helenística, según puede verse a través del II Libro de los Macabeos, apareció la creencia en un doble estado tras
la muerte, uno de felicidad, para los justos, y otro de falta de
ella (que no implicaba tormentos físicos) para los malvados. Durante
los cinco primeros siglos de cristianismo, doctores y santos padres
de la Iglesia tan importantes como Orígenes, Gregorio de Nisa, Dídimo,
Diodoro, Teodoro de Mopsuestia o el propio Jerónimo, defendieron
que la pena del infernus era sólo algo temporal, pero en el concilio de Constantinopla
(543) se declaró que los sufrimientos del infierno eran eternos.
El
primer concilio de Letrán (1123) impuso como dogma de fe la existencia
del infierno, amenazando con la condena a prisión, el tormento y
hasta la muerte a quienes lo negasen. Se abría así camino a uno
de los negocios más saneados y descarados de la Iglesia católica
cuando, obrando en consecuencia, se anunció a los aterrorizados
clientes del infierno, eso es todos los creyentes católicos, que
podían comprar el rescate de sus almas pecadoras si antes de morir
legaban riquezas a la Iglesia y contrataban
la celebración de misas de difuntos en su honor[vi].
La
escolástica medieval inventó dos tipos de penas infernales, las
de daño o ausencia de la visión de Dios, y las de sentido, que eran
los diferentes suplicios -en
especial relacionados con el fuego-
a que se hacía merecedor cada especie de pecado. La iconografía
católica de esta época, inspirada en textos apócrifos (declarados oficialmente falsos), como
el Evangelio de Nicodemo,
fue la encargada de popularizar las horrendas imágenes de un infierno
que ha aterrorizado a decenas de generaciones hasta el día de hoy.
En
este contexto, en el siglo XIII, se inventó una de las claves del
negocio eclesial: el purgatorio[vii],
que es un estado de expiación temporal en el que supuestamente se
encuentran las almas de todos cuantos, aun siendo pecadores, han
muerto en gracia de Dios. Este sofisticado subterfugio, que permitía
el rescate del alma de cualquier pecador que hubiese sido previsor
y generoso para con la Iglesia, fue la clave para la venta masiva
de indulgencias entre los católicos, un escandaloso negocio que
alcanzó su cota de máxima corrupción en el siglo XVI[viii]
y desencadenó la reforma protestante de la mano de Lutero. Antes
de este desenlace, por si había alguna duda, el concilio de Florencia
(1442) había declarado que cualquiera que estuviese fuera de la
Iglesia católica caería en el fuego eterno.
Con
la invención del infierno y el purgatorio, la Iglesia católica dio
otro de sus habituales y rentables saltos teológicos sobre el vacío,
construyendo un eficaz y demoledor instrumento de extorsión basándose
en unos pocos versículos que no significan lo que se pretende y
que, con mucha probabilidad, son interpolaciones muy tardías -quizá
realizadas durante el concilio de Laodicea (363)-
y ajenas al discurso de Jesús.
En
cualquier caso, tal como sostiene el gran teólogo católico Hans
Küng, «Jesús de Nazaret no predicó sobre el infierno, por mucho
que hablara del infierno y compartiese las ideas apocalípticas de
sus coetáneos: en ningún momento se interesa Jesús directamente
por el infierno. Habla de él sólo al margen y con expresiones fijas
tradicionales; algunas cosas pueden incluso haber sido añadidas
posteriormente. Su mensaje es, sin duda alguna, eu‑angelion,
evangelio, o sea, un mensaje alegre, y no amenazador»[ix].
En
cualquier caso, todo turista que visite Jerusalén puede descender
hasta la gehenna o infierno católico, pasearse tranquilamente por
él, broncearse (no asarse) bajo un sol de justicia (cósmica, no
divina), y salir indemne por su propia voluntad, sin necesidad ninguna
de comprar indulgencias (si exceptuamos la propina que hay que darle
al guía). Después de tamaña hazaña ya se estará en condiciones de
poder presumir, ante los amigotes, de «haber descendido a los infiernos»,
tal como el Credo católico obliga a creer que hizo Jesús.
Pero
el lector, con sobrada razón, podrá argüir: bien, pero si no existe
el infierno ¿cómo es que Jesús fue tentado por el diablo y se pasó
una buena parte de su vida pública «expulsando demonios» del cuerpo
de la gente?
Para
responder a esta cuestión hay que tener en cuenta varias cosas:
la idea del diablo y sus legiones de demonios procede de la religión
pagana persa y penetró
en el judaísmo -y
en el Antiguo Testamento-
en la época de dominación persa (siglos VI-IV a. C.); la creencia
en los demonios siempre fue secundaria para el judaísmo, aunque
en determinadas épocas de crisis sociopolítica -como
lo fue la de Jesús y lo es, también, la época actual-
se produjeran fenómenos de intensa creencia popular en esos seres
malignos[x];
a pesar de que Jesús compartió con sus coetáneos la creencia en
los demonios, en su mensaje no les concedió la menor importancia
ni preponderancia, salvo la de ser una imagen de contraste para
su evangelio o “buena nueva”; y, finalmente, en los días de Jesús,
muchas enfermedades como la epilepsia o diversidad de trastornos
psiquiátricos eran atribuidos a la posesión demoníaca.
El
Jesús del Nuevo Testamento
no creyó para nada en la existencia del infierno católico -ni
siquiera en la del persa, origen de los «demonios» que tanta fama
le dieron al ser expulsados de algunos de sus seguidores-
y la razón es bien simple: «es
una contradicción admitir el amor y la misericordia de Dios y al
mismo tiempo la existencia de un lugar de eternas torturas»[xi].
[i] Si tomamos al pie de la letra la palabra de Dios
que se supone es la Biblia,
resulta evidente que Yahveh no cree para nada en la eternidad
post-mortem de los humanos. Así, cuando maldijo a Adán (y a
nosotros con él) le conminó: «Con el sudor de tu rostro comerás
el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido
tomado; ya que polvo eres, y al polvo volverás» (Gén 3,19). El mensaje es claro, con la muerte se acaba todo. Palabra
de Dios.
[ii] Raka,
que en arameo significa “canalla” o “sinvergüenza”.
[iii] La palabra original es moré,
que en arameo significa “rebelde contra Dios”.
[iv] El Tofet era un gran instrumento de percusión, tipo
tambor, que los sacerdotes de Moloc hacían sonar para evitar
que fuesen oídos los gritos de las víctimas humanas (niños y
adultos) al ser quemadas vivas.
[v] Que etimológicamente procede de inferus -inferior-, puesto que se creía que ese mundo de los muertos
estaba por debajo de la tierra y que el fuego de los volcanes
era una evidencia clara de los antros del infernus.
Cuando se elaboró el modelo del infierno católico se copió el
ya existente infernus
pagano y sus múltiples departamentos especializados, por eso
en el Credo aún se
afirma que Jesús descendió a “los infiernos” (en plural, no
a uno solo, como finalmente adoptaría la Iglesia). Al confundir
la gehenna (eso es el valle de Ge‑Hinnom y sus leyendas
antiguas) con el infierno, también acabó por transformarse a
los viejos dioses paganos como Moloc en el mismísimo Satán,
y a los cananeos en adoradores de demonios.
[vi] La supuesta eficacia de las oraciones por los muertos
se basa en el pasaje de II Mac
12,39-45, cuya interpretación católica ha sido fuertemente discutida
por los expertos.
[vii] Purgatorium
significa “lugar de limpieza”. En ningún versículo bíblico se
menciona nada que se le parezca siquiera.
[viii] Véase como muestra la Taxa
Camarae del papa León X que figura en el anexo final
de este libro.
[ix] Cfr. Küng, H. (1994). Op. cit.,
p. 174.
[x] Y francamente útiles, ya que cargaban con la culpa
de las desgracias sociales y personales, dejando a salvo la
responsabilidad que debe tener cada ser humano con respecto
a sus actos y las consecuencias que se les deriven.
[xi] Cfr. Küng, H. (1994). Op. cit., p. 176.
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