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Asunción XXX
XXXXXXXX, con DNI número XX.XXX.XXX y domiciliada en la C/.
XXXXX XXXX XXXXXXX, XX de Barcelona, mediante el presente
escrito dice:
- Que el relato
en primera persona que se contiene en las páginas 124 (a partir
del 4° párrafo) a 131 (hasta el 2º párrafo inclusive) del
libro "La vida sexual
del clero", escrito por Pepe Rodríguez y editado
en 1995 por Ediciones B., se corresponde con fidelidad al
relato realizado en su día al autor del libro y a los hechos
que viví y sufrí personalmente durante mi relación con el
grupo de Alberto Salvans Giralt de la parroquia barcelonesa
de Sant Pius X.
- Que desde
1984 a 1987 asistí a la parroquia barcelonesa de Sant Pius
X, entonces regida por Carles Soler Perdigó, y formé parte
del grupo de menores que dirigía el entonces diácono Alberto
Salvans Giralt.
- Que Alberto
Salvans nos sometió a todos los componentes del grupo de menores
a un proceso de presiones y lavado de cerebro que llegó a
dominar nuestra personalidad hasta el punto de hacernos cambiar
totalmente la concepción que teníamos de la vida afectiva
y sexual y, en general, nos cambió buena parte de nuestras
ideas previas acerca de lo que podía ser correcto o no.
- Que el cambio
de personalidad que Alberto Salvans forzó en mí y en mis compañeras
y compañeros de grupo, todos menores de edad, tenía por objetivo
claro y concreto el que llegásemos a aceptar sin inhibición
alguna prácticas sexuales de todo tipo, ya fuera con el propio
Salvans o con los otros miembros del grupo. Pero quien más
se aprovechaba del cambio que sufrimos era Alberto Salvans,
que nos utilizaba a todos los menores como objetos sexuales
para su propio placer personal.
- Que Alberto
Salvans me forzó a mantener las primeras relaciones sexuales
con él cuando yo no tenía más que 14 años y que tales contactos
se repitieron, con distintas prácticas sexuales, en un total
de ocho ocasiones.
- Que Alberto
Salvans fomentó también la promiscuidad sexual entre los menores
que integrábamos el grupo, forzándonos con todo tipo de artimañas
emocionales y manipuladoras a que aceptásemos unos comportamientos
sexuales que siempre nos habían sido ajenos y que desconocíamos
hasta llegar a su grupo.
- Que todos
los miembros del grupo sabíamos que Alberto Salvans, en esos
días, mantenía relaciones sexuales con no menos de diez menores
de la parroquia de Sant Pius X, ya que él mismo se vanagloriaba
de ello ante nosotros o se las arreglaba de algún modo para
que nos enterásemos de con quién se había estado acostando,
pretendiendo incitar y lograr con ello -dado que nos decía
que hacerlo con él una un privilegio- que rebajásemos la oposición
que, a pesar de todo, manifestábamos a sus frecuentes requerimientos
para irnos a la cama con él.
- Que
en 1987, junto a mi familia y las de mis compañeras de grupo
Marta y Eulàlia, denunciamos los hechos ante el rector de
la parroquia Carles Soler Perdigó y ante el entonces arzobispo
cardenal Narcís Jubany Arnau, pero ambos nos presionaron para
que no acudiésemos a denunciar los hechos ante el Juzgado
de Guardia; nos convencieron de que ese tipo de denuncias
eran muy difíciles de probar ya que era la palabra de unos
contra otros, de que el juicio resultaría muy desagradable
para nosotras por todo lo que habría que contar a los jueces
ante el público, de que el proceso judicial valía mucho dinero,
y de que desde el tribunal eclesiástico ya se encargarían
ellos de hacer justicia por lo que había sucedido y que ya
estaba demostrado porque el propio Salvans lo había reconocido
finalmente ante mosén Soler y monseñor Jubany.
- Que Carles
Soler Perdigó no sólo me intentó convencer por todos sus medios
para que me olvidase de todo lo que había pasado con Salvans,
sino que me forzó a tener que ir a confesarme con él, cosa
que hice, efectivamente, pero durante toda la confesión, a
pesar de la gran insistencia de mosén Soler, me negué rotundamente
a comentar ni una sola palabra acerca de lo que había sucedido
entre Alberto Salvans y yo; historia que, por otra parte,
mosén Soler ya conocía perfectamente puesto que yo ya la había
denunciado con todo detalle ante las autoridades del tribunal
eclesiástico y en su propia presencia.
- Que me consta
que a pesar de que el cardenal Jubany tuvo todas las pruebas
acerca de los abusos sexuales de Salvans y de que nos garantizó
que sería expulsado del clero, el entonces diácono Alberto
Salvans acabó siendo ordenado sacerdote. Y lo mismo ocurrió
con Pedro Cané, del que me consta que se acostaba igualmente
con los miembros de su grupo de la parroquia de Sant Domènec,
y al que, durante un viaje que hicimos a Cáceres durante la
semana santa de 1987, vi como entraba con frecuencia y con
naturalidad en las duchas mientras las chicas nos estábamos
duchando.
- Que cuando
me negué a seguir manteniendo relaciones sexuales con Alberto
Salvans empecé a ser humillada y maltratada psicológicamente
por él y por el propio grupo, que seguía sus ordenes, con
el fin de lograr que cambiara de parecer y accediera a sus
deseos de nuevo.
Declaro que
lo dicho en este escrito es parte de la experiencia que viví
personalmente, y lo firmo para que surta los efectos oportunos
en Barcelona a diez de marzo de 1995.
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